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TROPOS E IZQUIERDAS.

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Por Mario GONZALEZ PLATA./7 de Junio/

Hay de metáforas a metáforas como de izquierdas a izquierdas. Lo que significa en otros términos sin que cambie el sentido metafórico de ello, ya que se presenta como un fenómeno de claroscuros y tonalidades, por ello aquí desde esta perspectiva, tenemos que acostumbrarnos a ver que ni todo es negro, ni todo es blanco, la fórmula de los extremos es perniciosa. Pues bien, este aspecto de lo nublado o barrunto del discurso político que se desenvuelve en el interior de la vida cultural de la sociedad mexicana, va en dos partes a contrapelo de criterios periodísticos y, lo traigo a colación por tres razones:

La primera se debe al origen del motivo, digamos que en parte, es el resultado de algunas opiniones vertidas sobre la izquierda en México, opiniones que por cierto, no confronto porque no es el caso.  Platica de café por la mañana de hace unas semanas donde se habló del tema entre el corresponsal de la Jornada Rubén Villalpando, el periodista Antonio Pinedo, dueño y director de Semanario y, el que escribe. Todo ello como siempre, dentro de los hábitos del ambiente de un café muy conocido en la ciudad. También hacían presencia otros amigos y un personaje muy conocido en la ciudad; don Alfredo Varela, periodista bien informado, “que lo que no sabe lo inventa”, según se escucha o mejor dicho, se susurra en el medio periodístico y las voces que pululan en las mesas del café. No se puede negar que Varela pertenece a la fauna de esos personajes que poseen una rara manía psicológica, la cual se expresa en un lenguaje político poco sarcástico y más dicharachero, por lo que resulta una singular forma de interpretar el significado del poder y el modo en que opera la política en la sociedad mexicana.

Tal conducta enfermiza de un lenguaje fársico y picaresco, no debe asombrarnos y más, si no le hace mal a nadie, o tal vez salvo algunas excepciones. Digamos que cuando una persona, posee un basto conocimiento sobre una ciudad por ejemplo, o alguna otra cosa que se nos ocurra. Podría decirse, que aquí lo basto para no exagerar, no se podría ubicar ni siquiera en un sesenta por ciento, sino en algo más adecuado que pudiera oscilar entre un veinte y un treinta por ciento a lo mucho. Por consiguiente y aunque no se crea, cualquier persona armada con este porcentaje de conocimiento práctico o teórico sobre determinada temática, puede fácilmente inventar todo el restante con algo de verosimilitud en algunos casos, solo en algunos muy particulares porque en la mayoría al parecer, siempre desemboca en un verdadero desparpajo de mentiras. Lo malo y hasta vergonzoso, es cuando quedamos al descubierto, y todo por la ingenuidad de creer y no pensar simplemente, que se tienen los porcentajes requeridos para inventar o mentir con algo de autoridad.

No vaya a suceder como en cierta ocasión, le pasó a un abogado y al cual, omito su nombre no tanto por los amigos; debo suponer que se entiende la omisión en la terminación del enunciado. El caso es que en cierta ocasión y en la mesa mañanera del café de los periodistas, estaban muy entretenidos Villalpando y el licenciado aludido, leían en la computadora mediante la función de un aparatito electrónico que posee una memoria descomunal, tal cual como una biblioteca ambulante que se lleva entre los dedos a cientos de libros completos. En un momento de la conversación y la referencia a varios autores, el licenciado hizo mención del filósofo Hegel. Por lo cual, le pregunté de inmediato. ¿Has leído a Hegel? Y vino la respuesta sí, contundente con aires de autosuficiencia y de creer que se cuenta con el mencionado porcentaje de conocimiento. No sé por qué lo hago, pero hay veces que actuamos por “joder”, como muchos y no sólo los españoles. ¿Qué has leído volví a interrogar? ¿Qué obra? ¿Qué libro? Y luego vino la turbación porque desconocía todo por completo, no sabía ningún título sobre la obra del autor. Licenciado en derecho y no saber que Hegel escribió una obra crucial que se llama precisamente; Filosofía del derecho.

¿Se ve la diferencia entre creer y pensar? Fenómeno que se advierte también, en el ámbito de la política, tanto en lo individual como en las colectividades, producto de una cuestión cultural de costumbres y hábitos. ¡No me crean! Porque a lo mejor también estoy inventando y mintiendo, aunque lo hago como un recordatorio, ya que se olvida fácilmente. El punto en la comprensión del juego de las redes del poder, creo que se encuentra no en la verdad o falsedad, sino entre lo verosímil y la estulticia, cuestión que en lo particular para ser honestos, me tiene sin cuidado donde me ubiquen, ya en la gaveta de la tontería o la razón, por lo que no sólo yo puedo mentir; miente el político y el ciudadano, el historiador, el antropólogo, el abogado, el literato o el humanista, el científico o el ingeniero y todo lo que englobe el “yo” y el “nosotros”. ¿Por qué esta manía de la simulación de trocar la mentira? No lo sé, si es de naturaleza orgánica o cultural, pero de lo que si estoy seguro y no hay duda alguna, es la evidencia de que todos simulamos colectivamente o en lo individual; ya se ha dicho hasta la saciedad que somos una Cultura de la simulación.

Hablamos en tercera o primera persona, sólo cuando nos conviene y creamos hasta estereotipos culturales sobre la personalidad del mexicano, de acuerdo a la región, de lo bucólico o del mundo de lo urbano. Ello en tanto interpretación, de hecho, ya es una costumbre del mexicano tal cual como creer que todos los mexicanos comen chile, o creer en la supuesta franqueza de los norteños que se apoya en una tradición cultural del lenguaje popular, donde se le da un uso más intenso a la primera persona. Creo que tanto en el yo como en el nosotros, se da la simulación en forma de un hábito cultural del pensar en los extremos, donde se dejan de lado los claroscuros de la personalidad individual o la colectiva, esta última expresada a grosso modo en el significado de eso que llamamos nación.

Lo segundo alude a la importancia que merece o que debería tener, este problema de significación del lenguaje sobre la izquierda, en total incongruencia y contradicción con la vida política concreta del país. Hasta hoy y en la primera década del tercer milenio, impera una confusión sobre el significado de la “izquierda”. Pero he de agregar que la confusión y la simulación acompañadas de incertidumbre, es un fenómeno del pensar que no sólo les compete a los intelectuales mexicanos, no se crea que la cultura de la simulación es un invento propio de nuestra fauna política, porque ella se encuentra simulando en todas partes, en eso que llamamos occidente.  En consecuencia, las ideas y las siguientes reflexiones, podrían concebirse tal vez, como el tener la pretensión de ampliar la discusión con la posibilidad de ensayar respuestas más verosímiles en torno al problema, pero si esto último no sucede, en realidad no importa.

La última razón consiste en enrolar en el diálogo, a uno de los mejores ensayistas en el México del presente. ¿Ello puede ser más motivante? cuando menos a mi me lo parece, porque Gabriel Zaid se puede parar bien a lado de Jorge Cuesta, de Pedro Enríquez Ureña y aún, junto a su predecesor, amigo y padrino intelectual, Octavio Paz. Gabriel Zaid es un personaje intelectual público y muy prolífico, ha sido como una maquinita bien aceitada que poco falla y no para de trabajar, la experiencia lo ha dotado de un lenguaje ameno y denota además, un brutal bagaje cultural. Debo decir que a pesar de su lectura aunque no muy frecuente, no lo envidio en el transcurrir de su prosa elegante y sobria, como me sucede con la prosa de Enríquez Ureña. No sé, si ello se deba a la distancia y diferencia de los contextos históricos a los que se pertenece, porque el lenguaje de Ureña además de pulcro y fluido como un arrollo cristalino, es verdaderamente penetrante como un punzón que golpe a golpe, descarga toda su fuerza analítica sobre los puntos más adecuados. Quién como él, para hablar con cierta autoridad de Juan Luis de Alarcón, ya que en el amplio manejo, su narrativa por lo regular va aderezada con el juego de claroscuros románticos y decimonónicos.

No hay duda de que Zaid es, una mente privilegiada que desafortunadamente “esta”, donde no debe de estar, pues se ubica al frente de la derecha, aunque esta vanguardia intelectual es una cuestión que casi es ignorada hasta el momento; a pesar de lo público como he dicho, en realidad parece ausente porque no lo han visto, ni los intelectuales afines que portan cámaras mentales más acuciosas, pues están más preocupados por legitimar el régimen político y económico, para no perder los beneficios que se obtienen al amparo del poder, de ahí que el alter ego se impone por antonomasia, aunque le nuble la vista. Y que decir de la clase empresarial, de aquella que ahora se pone el mote de pertenencia a una cultura gerencial; en fin, esta clase se desvive tal cual como una costumbre, en la búsqueda de riqueza fácil y por supuesto, que en el paquete impulsivo hacia la riqueza, va acompañado de otras prácticas perniciosas como la funesta corrupción, la impunidad o la inmoralidad de la evasión de impuestos.

Para el empresario de esta cultura gerencial de no pago porque tengo influencia política, es algo muy natural que sucede todos los días y no hay porque espantarse en realidad. No se tiene por tanto, un segundo para subsanar el reproche sentido y de ignorancia que Zaid le hace a la clase que se dedica a los negocios.  Queda absorto cuando se da cuenta que los individuos la clase premier de la cultura gerencial, “no leen a Adam Smith” que es el verdadero santón de la economía, ¡Imagínese! Si a Zaid lo leerán los hombres de negocios.

En fin, Gabriel se pregunta y se responde inmediatamente. “En rigor, no se puede ser de izquierda (ni derecha): no hay tal manera ontológica de ser. Se está a la izquierda o a la derecha, en tal punto, con respecto a tal otra posición. Por lo mismo, considerando todo el espectro de posiciones posibles, lo normal es estar simultáneamente a la izquierda y a la derecha: a la izquierda de unos y a la derecha de otros.”… “No hay tal lugar. ¿Por qué, sin embargo, en México, se pretende esa posición imposible? /_ y a continuación nos da la respuesta_/… Porque lo importante no es la realidad, sino el realismo político de no ser rebasado por la izquierda y arrojado a las llamas.”

De esta respuesta se desprende el hilo conductor de sus argumentos. Nos describe a un sujeto social que tiene una necesidad absoluta de protección del alma y de su cuerpo; el mexicano como animal político requiere de un cobijo psicológico, digamos que una fuente de protección y equilibrio que puede conseguirse por lo regular, no yendo en contra de las truculentas prácticas de la vida real, en lo público se simula que se les combate con un discurso de izquierda y en realidad, en el interior de los verdaderos entramados del poder, en el interior sus redes y pequeños círculos, los vicios y la corrupción se fomentan cotidianamente. A este fenómeno de la vida política de México, Zaid lo describe bojo el término de “realismo político”, lo que en realidad pasa en la vida política con ayuda de la simulación ideológica de la izquierda, lo cual gustoso cree haber “descubierto” como una  “falsa conciencia”; Marx lo hubiera aplaudido por su penetrante comprensión, lo malo es creer que el trepar en la escala social, sólo se lleva a cabo por las escaleras ideológico- políticas de la izquierda.

Como quiera que sea, este fenómeno político está formado por las prácticas tradicionales, las que se llevan a cabo por la fuerza de la inercia de la vida cultural, son acciones sociales o políticas que se viven de manera cotidiana y están determinadas en gran parte por el significado simbólico del inconsciente colectivo. Lo que sucede en la vida diaria; en los negocios, en lo político, en lo educativo, en lo familiar o en cualquier rincón que pisemos, no se debe exclusivamente este suceder del comportamiento a un pensamiento pragmático y utilitario; no se crea ello, porque las apariencias engañan, no todo proviene del estómago o del instinto freudiano, pues no hay nada en la vida que este al margen de lo simbólico. Digamos que lo útil como útil, es algo que simbólicamente está determinado de antemano.

Y no se crea doblemente, porque todo objeto y toda acción, poseen un significado simbólico que norma todas nuestras acciones y relaciones que se desenvuelven en la vida real de la sociedad, en los laberintos o en los entramados sociales y las redes del poder político y económico. Y todo este comportamiento responde a un orden cultural y simbólico por adelantado, venimos a un mundo ya elaborado simbólicamente, venimos al mundo simbólico del mercado económico, al mundo de lo público y lo privado, al mundo del ciudadano y el gobernante, al mundo de lo familiar y todo ello, al mundo del suelo que se pisa. Hasta aquí la parte 1.

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