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SEPELIO DE EL OJOS Y BASE SOCIAL DEL CRIMEN

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Por Jorge FERNáNDEZ MENéENDEZ./26 de Julio

El sepelio de Felipe de Jesús Pérez Luna, El Ojos, jefe del llamado cártel de Tláhuac, expuso públicamente en la Ciudad de México algo que es cotidiano en muchas partes del país: la existencia de una amplia base social del crimen organizado. Y esa debe ser, más allá de los nombres de los principales capos abatidos o detenidos, la mayor preocupación de las autoridades.

Cientos de personas acompañaron los restos de El Ojos al panteón de San Lorenzo Tezonco, sus sicarios y colaboradores formaron cinturones de seguridad, impidieron el paso de reporteros y fotógrafos o de toda persona desconocida e incluso se dieron el lujo de enfrentarse con los policías que habían sido desplazados a la zona para, ellos también, revisar a los asistentes al sepelio, ya que el día anterior, en el velorio en la colonia La Nopalera, fue evidente que muchos de quienes fueron a presentarle sus respetos a El Ojos iban armados. Como halcones se movilizaron cientos de conductores de bicitaxis, un servicio que suma cinco mil conductores en la zona, que no cuenta con autorización alguna de las autoridades y que es manejado por uno de los hermanos del delegado Rigoberto Salgado.

Lo que vimos este fin de semana en la capital lo hemos visto antes en muchas ocasiones en Sinaloa, en Chihuahua, en Tamaulipas, en Guerrero: delincuentes brutales que son vitoreados por sus fieles, cuyo número trasciende en mucho al de sus bandas delictivas. Lo vemos en Puebla con el apoyo social a los huachicoleros, que han convencido a las comunidades de que como los ductos de Pemex pasan bajo sus tierras, ellos tienen derecho a saquearlos. Lo vemos en Guerrero, donde hay miles de plantíos de amapola en los que trabajan miles de campesinos a quienes los delincuentes les dicen que si las tierras son suyas, ellos pueden sembrar lo que quieran en éstas y nadie tiene derecho a prohibírselos. Lo vimos con las autodefensas en Michoacán, que argumentaban que tenían el derecho de levantarse en armas (o incluso de impedir detenciones, como hizo recientemente un grupo manejado por José Mireles) porque defendían sus tierras y propiedades de grupos del narcotráfico, ocultando que muchos de ellos eran financiados por los narcotraficantes rivales.

Cuando nos preguntamos cómo puede ser que las cifras de muertos sigan aumentando mes con mes y que junio pasado haya sido el mes más violento de los últimos 20 años, tenemos que regresar a esa realidad: hay miles de muertos porque hay cientos de miles, o quizás millones, de personas involucradas de una u otra manera en el crimen organizado, cuyas bandas se disputan territorios, rutas, mercados, se matan entre sí y extorsionan, secuestran y matan a quienes son sus rivales o simplemente no son los suyos.

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