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PRI, APRENDER DE LA VICTORIA

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Por Jorge FERNáNDEZ MENéENDEZ./ 14 de Junio.

Siempre es mejor evaluar el desempeño cuando se gana que cuando se pierde, pero si el PRI quiere tener posibilidades reales en 2018 debe evaluar profundamente y sin complacencias su campaña electoral en el Estado de México y sus enseñanzas para el próximo año.

La primera y más obvia lección es comprender que en ninguna elección hay absolutos, que ganó el PRI, junto con sus aliados, pero que dentro del amplio equipo presidencial y de la dirigencia tricolor hubo, también allí, ganadores y perdedores, quienes cumplieron con sus responsabilidades y quienes no. Quienes trabajaron y quienes navegaron. Sobre todo el presidente Peña lo debe tener muy claro para tomar decisiones hacia el futuro.

El segundo punto es comprender que la estructura del PRI, la maquinaria o como se le quiera llamar, no alcanza por sí sola para ganar elecciones, sobre todo porque muchos gobernantes y mandos priistas están en su zona de confort, no la han alimentado ni certificado durante años. Si se hubieran confiado en los números de afiliados y votantes potenciales que aseguraba tener para el PRI el gobierno mexiquense, los comicios hubieran sido un desastre para el tricolor: cuando se certificó cuántos de quienes se aseguraba votarían por el PRI se descubrió que era apenas un tercio de los que se decía. Desde allí hubo que construir otra campaña. Eso se relaciona también con los recursos destinados a los diferentes capítulos de la campaña priista: muchos de esos recursos se quedaron en el camino o fueron mal canalizados.

Tampoco la marca PRI alcanza. Haber hecho una campaña casi plebiscitaria en torno al PRI, al presidente Peña y a Alfredo del Mazo fue un error. El PRI debe comprender que el antipriismo es una realidad y que ha llegado la hora de construir amplios frentes con otros partidos (como se hizo) y con organizaciones y ciudadanos (lo que no se hizo) que lleven a una identificación diferente. Un frente con un nombre y una identificación clara son imprescindibles para el nuevo entorno nacional y en él, incluso, el PRI tendría que evaluar seriamente si no tendría que cambiar, en medio de una reforma mucho más profunda, hasta su nombre para adaptarse a una nueva realidad. No es nada demasiado osado: innumerables partidos históricos lo han hecho en las últimas décadas, sobre todo desde la caída del Muro de Berlín.

Otra cosa que quedó de manifiesto en el Estado de México es que los gobernadores dan, pero también quitan votos. Hay casos en los que el priismo puede delegar la operación de una elección en su jefe local natural que es el gobernador, pero la experiencia de los últimos años demuestra que la mayoría de ellos quitan más de lo que dan o que operan de acuerdo con sus intereses, legítimos o no. Lo mismo se aplica a exgobernadores: algunos realizan una labor muy encomiable (como dicen que lo hizo el duranguense Ismael Hernández Deras en el Estado de México), otros simplemente desaparecen o se convierten en intrascendentes. Los blasones son mucho menos importantes que la eficiencia.

La elección no es sólo una. En el Estado de México, muchos jefes regionales del priismo desaparecieron o trabajaron colocando a amigos o familiares en posiciones clave. Eso al priismo le costó carísimo en recursos y en votos. Por si no se han dado cuenta en la situación en la que está, el PRI, para salir adelante, sólo puede elegir a los mejores, a los que pueden ganar. En cada uno de los 300 distritos y en las nueve gubernaturas que estarán en disputa en 2018, más allá de la presidencial, el PRI tendrá que hacer una elección singular. En esta ocasión el candidato presidencial no arrastrará a los locales, probablemente será al revés, o con una influencia recíproca.

Decía Renato Leduc que había una sabia virtud en conocer el tiempo, y ninguno de los partidos, pero mucho menos el PRI, puede darse el lujo de perderlo. Con los comicios del 4 de junio se le abrió un espacio de oportunidad que no debería desaprovechar. Pensar ahora en festinar el Estado de México y Coahuila, para preparar la asamblea de agosto, sacar sus documentos y luego centrarse en buscar un candidato en tiempos electorales, o sea para enero o febrero, me parece un suicidio anunciado. Hay muchos nombres rondando en el PRI, pero sólo dos parecen ser reales en este momento (Osorio y Narro, más allá de los méritos de otros que quisieran estar en la boleta de 2018) y sean ellos o no (eso lo terminará decidiendo el presidente Peña) es urgente que se tenga una ruta clara y que los aspirantes puedan comenzar a moverse como tales: ya lo están haciendo todos los demás, los de Morena, el PAN y el PRD.

No sólo se aprende de las derrotas, se debe aprender sobre todo de los triunfos. Y el PRI está en un momento en el que lo que vivió en el Estado de México le debe servir de lección si quiere competir con posibilidades en 2018.

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