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PENSAR QUE LAS DROGAS ACABARÁN A PUNTA DE AMETRALLADORAS, ES UNA UTOPÍA: HIJO DE PABLO ESCOBAR

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CIUDAD DE MÉXICO.- El narcotráfico deja secuelas en todo el mundo pero en pocos lugares hace los estragos que ha dejado en México o Colombia. Dos países latinoamericanos que han visto crecer el imperio del narcotráfico y caer a sus emperadores.

Nadie duda que Pablo Escobar era un narcotraficante y un asesino, ni su hijo Juan Pablo Escobar.

Pero, en una época donde las narcoseries se han vuelto objeto de culto, Juan Pablo se ha dado a la tarea de limpiar cualquier rastro de ficción sobre la figura de su padre.

Pablo Escobar In Fraganti es un libro que revela conexiones internacionales del dirigente del Cártel de Medellín en Colombia. Y del papel del dinero del narcotráfico en un contexto de guerra fría.

El entramado no está lejos de la realidad mexicana, ni del derramamiento de sangre. Entre diciembre del 2006 y diciembre del 2015 en México han sido asesinadas 186 mil 297 personas en México, de acuerdo con datos oficiales.

En la década de los 80, durante el conflicto armado colombiano, el Cártel de Medellín protagonizó la sumisión de otros sectores al “Dios dinero”, dijo sereno el hijo de Escobar en una plática con SinEmbargo.

Juan Pablo habló sobre las políticas que llevaron a la cúspide a Pablo Escobar, y de cómo, si éstas no cambian, traerán un sinfín de nuevos capos a través de la violencia.

***

Juan Pablo Escobar, quien cambió su nombre a Juan Sebastián Marroquín Santos, y su padre, el narcotraficante colombiano más poderoso en la década de los ochenta del siglo XX. Foto: Cortesía de Editorial Planeta, tomada del libro “Pablo Escobar. Mi Padre”.

—Hay un hecho histórico, el asesinato del Ministro de Justicia colombiano Rodrigo Lara Bonilla, el cual se atribuyó a su padre. En México también hemos hecho públicos muchos crímenes de capos. ¿Les afecta a los narcos que los señale la prensa? ¿Sirvió para que Pablo Escobar no cometiera más asesinatos similares?

—Sí, sirve señalar en virtud de que se haga con evidencias y cosas muy sólidas. Lo que no sirve es lo que pasó con mi padre, que no había caído la persona que estaban mandando a asesinar y las autoridades ya estaban diciendo que era mi padre. Siempre el pensamiento colectivo y, la misma prensa, señalaba a Pablo Escobar, y como él tampoco lo desmentía, pues no pasaba nada. El nombre de mi padre ha sido muy útil para tapar otros crímenes o a los verdaderos criminales.

—Siguiendo este caso de asesinato, es el narco quien a veces le pega al Gobierno. Pero otras veces trabajan asociados…

—Sí, yo cuento [en el libro] la relación de mi padre con la CIA para que ellos financiaran la lucha anticomunista. Y después una ruta que mi propio padre me contó que se llamó “el tren”. Donde él envío alrededor de unos 800 kilos de cocaína por semana durante tres años de manera ininterrumpida hacia los Estados Unidos, en convivencia con algunos agentes de la DEA y de Colombia. Creo que esto nos sirve para entender que nadie está ajeno a la posibilidad de caer en los tentáculos del

—¿Quién pone las reglas del juego entre autoridades y el narcotráfico?

— Creo que este es el juego que propone el prohibicionismo. El juego de la corrupción. Policías y ladrones, que un día se ayudan, y otro día se matan entre sí. Somos rehenes todos de esta circunstancia. Tuvimos a Pablo Escobar por el prohibicionismo, así como a Alcapone, Lucky Luciano, y otros. Mientras no cambiemos esta mirada las historias siempre van a ser muy parecidas.

— Para hacer su libro usted se acercó a quienes fueron enemigos de su padre, como Ramón Izaza, un líder paramilitar colombiano. ¿ Persisten los rencores de la época en la que había enfrentamientos?

— Una de las grandes revelaciones que tenemos los seres humanos es la capacidad para reconciliarnos aún a pesar de las tremendas historias de violencia. Y es el caso de Ramón Isaza es uno de los ejemplos más contundentes. Mi padre mató a uno de sus hijos. Tendría que estar lleno de rencores. Pero hoy creo que todos aprendimos la lección de que nadie gana finalmente. Fue difícil escucharlo relatar la enorme violencia que mi padre ejerció contra él. Le hizo 13 atentados para acabar con su vida. Salir con vida de una reunión [de su entrevista con Isaza] como esas en Colombia habla de que ha cambiado mucho nuestro país.

—Otro de los personajes de los que habla en su libro es de Otty Patiño, fundador del grupo guerrillero M19. Tanto los grupos paramilitares de ultraderecha, como la guerrilla de la izquierda tuvieron relación con Pablo Escobar. ¿Cuál hilo conectaba estas relaciones?

—Al final todos son amigos de un solo Dios. El Dios dinero. Los de la izquierda creen en él, los de la derecha también, así como los de en medio. Esto no quiere decir que ocurra en todos los sectores del mundo. Sino que el narcotráfico tenía un enorme poder corruptor. Me recuerda a un caso que hubo no hace mucho tiempo, uno de los decomisos más grande en la historia de Colombia, de casi 17 mil kilos de cocaína. Me sorprendió que ese cargamento estaba al cuidado de soldados y guerrilleros. Y el dueño era aparentemente un mexicano. Ahí te das cuenta que ni la guerrilla tiene tantas ideas ni la derecha. A la larga terminaron cuidándole la droga a un extranjero en la selva. Es decir, no nos matemos ahorita, sino después que tengamos billete.

—¿Qué piensa del envío de tropas a las calles para luchar contra el crimen organizado? ¿Tiene eso sentido si no se persigue la línea del dinero?.

—Soy súper respetuoso de cómo cada país resuelve sus problemas. Pero esto ya no es problema de un país, sino de la sociedad mundial. No hay un país en el planeta que esté libre de drogas. Y no podemos vivir en esa utopía de pensar que las drogas en el mundo las vamos a eliminar a punta de ametralladoras. Eso no ocurrirá y el que nos prometa que por esa vía lo va lograr, nos está mintiendo a la cara. Es por la vía de la educación, con los valores humanos que se deben rescatar, que se debe enfrentar la sociedad a este problema. Si educamos temprano a nuestros niños, cuando estén grandes van a decidir decirle no a las drogas.

—Es otra faceta del prohibicionismo…

—Ya en nuestras escuelas se pueden encontrar drogas. Estamos absolutamente rodeados del problema, pero estamos saliendo a atacarlo con ametralladoras. Y yo no creo que esa sea la solución, ni que ningún científico o médico diga: “Hombre, la mejor solución para acabar con una epidemia es salir con ametralladoras y mátenlos a todos”. Hoy nos damos cuenta que prácticamente el narco es una situación paralela al Estado, porque tienen hasta submarinos. Si acaso, la lucha contra las drogas hubiera sido exitosa, pues no tendríamos gente con submarinos.

—Hablando de dinero, usted para escribir su libro se acercó al tesorero de su padre alias “Quijada”. ¿Qué tanto dinero generaba ya desde entonces el Cártel del Medellín?

—Hubo un fenómeno que denominaron las propias autoridades en Estados Unidos la epidemia del crack. Al haber tanta cocaína, los estadounidenses utilizaron la coca-cola y el microondas para revertir el proceso de la cocaína y convertirla en crack. En ese contexto mi padre se enriqueció mucho, esta persona me contó que en un buen fin de semana mi padre podía meterse al bolsillo entre 50 y 70 millones de dólares.

—¿Qué tanto han cambiado esos precios, la rentabilidad del negocio, de las drogas en comparación a los actuales?

–En la actualidad habría que multiplicarlo por diez. Porque el negocio del narcotráfico cada vez es más rentable. La prohibición no propone acabar el problema de las drogas, sino empoderar estas organizaciones y darles todo el dinero del mundo.

—¿Son cómplices los gobiernos?.

—También los gobiernos se quedan con una muy buena parte no sólo por la necesidad de corrupción, sino por los arreglos a los que llegan con los narcotraficantes una vez que los detienen. A mí juicio en muchos casos los dejan ser muy grandes para después ir por ellos y negociar. Mi visión personal es que si eres narcotraficante, eres esclavo de los que prohíben. Y te van a ayudar a crecer y vas a ser rico. Pero apenas lo logres van a ir por ti y te van a quitar todo. Esta persona, el tesorero, no tenía ni para pagar un bus. El narcotráfico pareciera un buen negocio pero no es tan buen negocio como te lo pintan.

—En su libro entras en detalle de un nexo entre las autoridades de los Estados Unidos y el tráfico de drogas. Barry Seal, un agente de la CIA, más tarde informante de la DEA traficaba estupefacientes. Él decidió pasar de ser agente a traficante….

—Yo no creo que haya decidido, sino que siendo agente le pidieron que traficara, que es muy diferente.

—¿Esto es un caso particular o podemos hablar de estructuras dentro de la CIA que también están en el juego del tráfico de drogas?

—Yo creo que no es una novedad. Ese escándalo de Barry Seal aparece después del escándalo de Irán-Contra, la venta de armas para financiar también la lucha contra el comunismo. Creo que siempre se han encontrado metodologías para ganar dinero en paralelo a los que están autorizados por el presupuesto nacional de un país. Estos organismos internacionales toman recursos de dónde vengan y sea posible con tal de seguir adelante con su lucha. Yo tuve la oportunidad de coincidir con Aron Seal, hijo de Barry, y con él revisé párrafo por párrafo y todo lo que digo en el libro está aprobado por él, sino que él además me ha agregado mucha información, que yo desconocía.

—Las únicas fotos que se tienen de su padre traficando son las que tomó Seal. Pero en este caso fueron en Nicaragua y apoyados por el Gobierno nicaragüense que era en ese entonces sandinista.

—Volvemos al Dios dinero. Al final todos necesitaban el dinero para matarse entre sí, pero mientras lo estaban haciendo todos eran amigos. Después todo ese dinero cuando se repartiera iba a ir a la guerra. Y así iba a suceder.

—Usted ha mencionado la explosión del edificio Mónaco en 1988 que ha sido malamente atribuida a su padre…

—La historia es que a mi padre lo han retratado los medios colombianos producto del odio, digo yo, porque no podría decir que están desinformados. De mi padre se dice que el puso todas las bombas un día, se levantó como un loco y empezó a poner bombas por todas partes. Yo no digo que mi padre de pronto no estaba loco y puso bombas. Eso es absolutamente cierto. Pero lo puso después de que le pusieron la primer gran bomba que dio inicio a la hora del narcoterrorismo en Colombia. Esa explotó el 13 de enero de 1988 a las cinco y tres de la mañana en mi casa. Contra mi madre, mi hermana y mi persona. Eso no justifica ni una sola bomba que puso mi padre. Pero sí permite comprender su reacción como persona, como padre, y con semejante poder económico y militar que tenía mostró ese poder.

—En un mundo donde el tema terrorismo está en la boca de todos los gobernantes, sembrando tensión. Usted como víctima de este ataque, ¿cree que el narco representa un riesgo para que hayan más ataques terroristas en Latinoamérica?

—Yo creo que siempre está el riesgo porque hay una gran cantidad de dinero sucio circulando por ahí. Pero creo que los narcos entendieron y aprendieron de la historia de mi padre que no es una buena idea convertirse en terrorista. Ya hay suficientes problemas con ser narcotraficante como para agregarse el título de terrorista, que es más delicado hoy en día. Inteligentemente, no han querido hacer uso de herramientas como el terrorismo, porque tienen la capacidad militar para hacerlo. Entendieron que esa no es una vía que le hace bien al negocio.

—Usted promueve un discurso de paz pese a que documenta temas fuertes y de narcotráfico. ¿Qué se necesita para conseguir la paz en países como Colombia o México golpeados por el narco?.

—Necesitamos líderes con el coraje para decir que hay que replantearse la lucha contra las drogas definitivamente, porque justo cuando renuncian o salen del poder es cuando dicen: “Hay que legalizar”. Mientras están en el cargo dicen: “Hay que agarrarlos, hay que combatir, hay que matarlos”.

—Su vida personal no queda exenta la vida de su padre. En una dualidad usted ha dicho que tuvo un padre amoroso.

—Siempre hasta el último día de su vida, contrastante, contradictorio, mi padre era un hombre que por fuera de casa era un traficante, loco, terrorista, asesino, lo que le quieras llamar. Pero dentro de casa era el mejor papa del mundo. Yo lo tuvo y lo viví.

—En su libro relata que cuando falleció su Padre fue el punto de su vida en el que tuvo que elegir entre seguir sus pasos o no. ¿Cómo lo logra y por qué muchos familiares de capos no han podido?

–Era el camino más difícil. Yo creo que todos lo podemos lograr, no creo que haya personas incapaces. Tienes que estar absolutamente convencido de que es la única salida posible y de hecho la es. Yo creo que haber sido testigo de tanta violencia también me ha facilitado a mí tomar mucha más consciencia de las consecuencias . Y eso sin duda contribuyó a que no me convirtiera en Pablo Escobar 2.0 porque sin duda es un camino tristemente fácil de recorrer.

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