Home»La Noticia»NI CON HABANO EN LA BOCA.

NI CON HABANO EN LA BOCA.

0
Compartido
Pinterest Google+

Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ./18 de Mayo./

Si Felipe Calderón se hubiera comparado con Fox, sería natural; si citado al cada vez más distante Manuel Gómez Morín, el coro crítico habría exclamado un reticente “buuueno”. Pero la vanidad y la habitual arrogancia, lo llevó al extremo de asumirse como una vida paralela a la de Winston Churchill. Todos tendemos a compararnos con los otros, es una actitud ordinaria y,  no pocas veces, útil a efecto de reflexionar sobre lo que somos, sobre todo en aquello que nos es más caro. Entre los políticos de segunda, suele suceder que reencarnen escenográficamente  en personalidades del pasado y así se produzca lo que Hegel dijo y Marx interpretó: la repetición de los hechos históricos dos veces. Una vez como tragedia y otra como farsa. Con esto quiero decir que el señor que ocupa Los Pinos no da una, ni en historia, vale decir en el registro de hechos altamente esclarecidos. Él, ciertamente, está en un drama del género chico y solo su delirio lo orilla al parangón desmesurado.

Cuando fui joven y de esto ya hace mucho, sentía una particular felicidad al ver el mundo de la política mundial poblado de gigantes, con los que se podía estar o no de acuerdo, pero su grandeza nadie la ponía en duda, aunque luego algunos echaron a perder la biografía como Fidel  Castro. Veíamos a diario a   Charles de Gaulle, Nikita Kruschev, Mao Tse Tung (hoy Mao Zedong), Chou En Lai, John F. Kennedy, Juan XXIII, Ho Chi Minh, el Che y el mismísimo Churchill para no agrandar el elenco. Confieso que ser de izquierda no fue obstáculo para profesar por este gran inglés una admiración superlativa, quizás llegué a él por ser un extraordinario orador y gustar yo de ese género. Pero fueron muchas más cosas las que acrecentaron mi simpatía y entre ellas el ejercicio de su liderazgo que en los momentos decisivos de su vida siempre sumaba y quienes lo seguían no eran simples subordinados —como en el caso de Hitler, por ejemplo— sino parte de una gran empresa colectiva.

De la biografía de Churchill podemos extraer una  vasta cantidad de hechos que nos permitirían diferenciar al grande que fue del pequeño Felipe que lo toma para articular sus patéticas arengas. Yo tomaré dos o tres de estos hechos para ilustrar.

Churchill fue un extraordinario político y escritor, orador sin par, pero además fue lo que los griegos denominaron estratega y en este sentido fue también un gran guerrero con el que está en deuda la humanidad a la hora de la derrota de la Alemania nazi, porque además fue diplomático de primera línea. Él fue el solitario que visualizó los peligros de los totalitarismos (incluido el soviético) que asaltaron a la humanidad durante el siglo XX y su genio condujo a sofocar al que encabezó el partido nazi en Alemania. A veces solo, muchas veces denostado, objeto de la burla y el escarnio y cuando ya generacionalmente poco se daba por él, se convirtió en el líder de la mayoría de su partido, primer ministro de Inglaterra y estratega que armó la alianza contra la barbarie de los racistas germanos. Pasó de los momentos de la agresión y el dolor, coaligando a las fuerzas políticas y a los ingleses a una etapa  en la que su liderazgo se fue debilitando, pero tuvo la fortuna de poder informar al Reino Unido que la guerra había terminado y la victoria como alto galardón para el resurgimiento de la civilización y la democracia.

En ese momento se reveló como el gran demócrata que fue, hombre de coraje y también de desenfado. A la hora del triunfo, cuando ya no había duda de su calidad extraordinaria, compitió electoralmente para conservarse como el primer ministro y llegar a la etapa de la rendición del Japón que puso conclusión a la II Guerra Mundial, de la que fue historiador y le permitió obtener el premio nobel de la literatura. A la conclusión del proceso electoral, se dirigió así a su pueblo:

“Éste es el último discurso radiado de las presentes elecciones. Con él termina la serie que la B.B.C ha puesto a disposición de los políticos, y la de hoy puede ser la última vez que me dirija a vosotros por este medio en calidad de primer ministro. Ello depende de vosotros. Estoy convencido de que me cabe serviros a través de las dificultades y peligros de los próximos años, haciéndolo con más ventajas que otros, y estoy pronto, si lo deseáis, a ejecutarlo de la mejor manera posible.

Espero  vuestra respuesta. Puede ser «sí» o «no». No espero con soberbia ni con sed de poder, porque ¿qué puedo ganar ni perder después de todo lo que ha ocurrido y de lo que habéis hecho por mí? Pero aguardo vuestra respuesta con confianza. Sí: tengo gran confianza en la respuesta que me daréis.”

Churchill fue  a las urnas en la cima de su gloria y perdió la elección. Se fue a su casa a continuar su fecunda vida privada con setenta años a cuestas. Breve fue su despedida:

“La decisión del pueblo británico se ha expuesto en los votos computados hoy. Por tanto, abandono el cargo que me fue conferido en tiempos más sombríos. Lamento que no se me haya permitido terminar la guerra contra el Japón. Sin embargo, ya se habían hecho todos los planes y preparativos a ese propósito, y los resultados pueden ser mucho más rápidos que los que nos cabía esperar hasta ahora. Sobre el nuevo Gobierno recaen inmensas responsabilidades interiores y exteriores, y todos debemos desear que las afronte con éxito.

Sólo me resta expresar al pueblo británico, en nombre del cual he obrado en estos peligrosos años, mi profunda gratitud por el indoblegable e indomable apoyo que me dio durante mi tarea, y por las muchas expresiones de amabilidad que ha exteriorizado hacia este su servidor.”

Hombres de esta estatura surgen donde hay instituciones sólidas y también donde las convicciones éticas pesan, obligan y se respetan con dignidad.

Felipe Calderón puesto en una circunstancia menor, solo alcanzó a decir: gané “haiga sido como haiga sido”, negándose a lo elemental que le habría dado la estatura del estadista: simplemente contar voto por voto y obtener el título de hombre que sabe bregar por la eternidad, como decían los panistas llenando su boca de orgullo.

Pero no es que él haya traído a Churchill en calidad de demócrata, sino en la calidad del terco que no se doblegó ante el peligro nazi, cuando se desoían los peligros. Calderón hace un parangón entre los nazis y los narcos y sus organizaciones. Churchill casi duró una década  hablando y escribiendo acerca del tema y, en cambio, de esta guerra inicua los mexicanos  nos enteramos cuando Calderón ya estaba apoltronado en el poder. Pero no solo.

El inglés, a diferencia de Calderón, sí conocía de la guerra en la que había tenido éxitos y fracasos, era diestro en diplomacia, por si fuera poco. Sabía que política y guerra son vasos comunicantes y que en momentos en que se mezclaban, el político se convertía en guerrero y el guerrero en político y algo más. La retórica nunca la ponía al servicio de la fanfarronería, que es lo que ha hecho Calderón al compararse con el primer ministro inglés.

Churchill tenía una formación clásica acerca de todos estos temas y una gran experiencia que no vemos en ninguno de los actos del panista Calderón. Juan José Torres Esbarranch, experto en Tucídides y su “Historia de la guerra del Peloponeso”, nos da noticia de que Churchill tenía un ejemplar de esta obra en su mesita de noche y eso dice mucho aunque me falta espacio para explicarlo.

Qué bueno hubiera sido que a Felipe Calderón lo hubieran enterado de estas cosas y que como lo hizo el ministro griego Costas Stefanopoulos, algún día anfitrión de Bill Clinton y su esposa Hillary, alguien le hubiera regalado El Político de Platón, La Política de Aristóteles y la propia Historia de Tucídides, lecturas obligadas para comprender al mundo. Sé que es mucho pedir que esto suceda con cualquier político de renombre de pobre país. En el caso de Calderón seguro estoy que obras de esta envergadura no han pasado por sus ojos, en cambio sí las consejas de la vieja, renegada y revanchista reacción mexicana que nos tiene en vilo.

No quiero ser majadero, pero creo que en este caso sí vale la pena decirle a Felipe Calderón: tenga su comparación, porque en México nunca habían sufrido tanto los mexicanos debido a tan pocos y farsantes, hombres de gobierno.

Commentarios

comentarios

Nota anterior

LA AMENAZA.

Nota siguiente

ESCUCHA SRA DEMANDAS CAMPESINAS.