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MAYBE?, EVER NEVER.

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Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ./14 de Junio/.

En las grandes épocas de crisis suelen profundizarse la religiosidad y toda clase de fanatismos y charlatanerías. Así lo han reconocido los principales sociólogos de nuestro tiempo e Ignacio Ramonet le ha dedicado muy buenas páginas al asunto. Todo mundo busca un asidero, un paraguas que lo proteja frente a la incertidumbre, el vacío y la nada. Claro que nos referimos a la gente que está desesperada, que vive en lo “ordinario”, que no tiene responsabilidades públicas que lo obligan, en un sistema en el que los funcionarios públicos deban hacer estrictamente aquello que los faculta la Constitución y sus leyes, pero no estrictamente la interpretación gramatical, sino el sentido profundo que animan el espíritu de las leyes, como lo demostró el ilustrado Montesquieu.

Todo esto viene a cuento porque hace unos días estuvo aquí en Chihuahua el sanador francés René Mey, como avanzada de otros que vienen en camino, para abordar el tema de la paz en Chihuahua. Es una obviedad señalar que vino con el apoyo público del gobierno local, como también lo es el gran auditorio que se le prodigó y todas las vergonzosas escenas que pudimos ver y a las que damos crédito porque las vimos a través de la televisión y la fotografía certera.
El gobernador hizo mano cadena con su esposa, sus hijas, funcionarios y otros para adquirir y transmitir la energía que brota de las palabras del sanador. Duarte justificó su asistencia so pretexto de que puede recibir a cualquiera que traiga un mensaje de paz; la realidad es que quería verse rodeado de una mayor convocatoria que la lograda por la Caravana del Consuelo, a la que se comprometió públicamente a recibir incumpliendo con su palabra. En lugar de ir al encuentro de los diferentes, de los que piensan de una manera diversa, del disenso, en fin, de los otros, prefirió arreglar un escenario en el que él, su familia, tienen un cómodo primer lugar y se convierten en el centro de todas las atenciones y halagos. En otras palabras, se puso en práctica el mismo librito.
Pero con un agravante: el oficio estuvo a cargo de un sacerdote de la charlatanería que lucra con la ilusión de ver sanado algún mal, más si es incurable. Se trata de un acaudalado empresario inmobiliario que construyó su fortuna a principios de la década pasada en base a la explotación laboral de sus propios parientes. Hasta su hijo, Fabrice Mey, declaró al semanario L’Express, en diciembre de 2006, “jamás haber constatado alguna de las capacidades sobrenaturales de las cuales presume, como detener un tren para no perderlo, aparecer dinero, alargar sus extremidades o arrancar un auto a distancia”.  “Al contrario -indica el semanario- se preocupa cuando habla de la relación que tiene su padre con su comunidad, a la cual se refiere como una explotación organizada que le permitirá vivir en el lujo”.

Desde su autoexilio en México en 2007 comenzó a reconstruir su imperio económico en torno a una empresa distinta al sector inmobiliario pero similar en las formas del chantaje.

Se trata de esos líderes muy a modo en tiempos de crisis que resucitan lázaros, que siguen bien muertos. Se trata de prodigar ilusiones que para algunos representan “tal vez” un momento de aliento en la senda de su enfermedad. Como dicen los cancerólogos a sus pacientes: haga todo lo que quiera, que si no sirve para nada tampoco hace daño.

Hasta aquí el tema no da para más, pues cada quien es libre de buscar a su brujo.

Se agrava cuando es el gobernador, obligado por la ley a un comportamiento de otra índole. No es válido que se ponga a la cabeza de la superchería, que le invierta dinero público al asunto. Es grotesco ver a Duarte trenzando sus manos con efectos estrictamente mediáticos, que comprima el diafragma para mantener la respiración y ponga ojos blancos como cebollitas.

Pero de todas maneras habría que decirle: “Ever never”, nunca jamás. Y es que no está ahí para patrocinar el fanatismo. ¿O es que ya se perdió?.

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