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LOS POETAS.

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Por Jaime GARCIA CHAVEZ./10 de junio./

Los poetas no viven fuera de la República; no pueden ser sus exiliados. Los poetas, más bien, viven a su margen, en su orilla, en la posición que les permite identificar sus vicios y limitaciones. En la posición que les permite augurar su viabilidad e invitar a los demás a visitarla. Los poetas viven en la orilla de la República, porque necesitan la soledad y la nostalgia; desde ellas, construyen su obra y encuentran palabras nuevas y pulen las gastadas para nombrar nuevas cosas y personas, para cantar tragedias en un intento perenne de conjurarlas. Desde ahí el dolor es más profundo, desde ahí la traición es más perceptible, más intensa, porque los poetas confían en la humanidad y en su instinto gregario; en su capacidad de ser mejor, en su capacidad de cerrarse en un abrazo común que cumpla todas las promesas de un destino trascendente. Cuando están juntos, son y existen y se regalan a las nuevas generaciones que contarán la historia solo en la medida en que sea construida de manera común.

Cuando la sociedad envenena a un poeta, mata lo mejor de sí. Aniquila su espejo, su mejor retratista porque el poeta pinta el futuro y lo vuelve feliz y posible. Silenciar a un poeta es, por lo tanto, un crimen abominable. El silencio de un poeta es augurio de que las plagas apocalípticas se cernirán sobre la humanidad. Si el poeta calla, quién nos dirá que somos posibles, quién gritará que no hemos muerto, quién nos dará nombre y significado. Son tiempos terribles; nuestra fatalidad sin trascendencia se impone. Estamos a merced de los vientos, doloridos y trémulos. Pareciera que ya nos fuimos.

Pero las águilas viven en las tinieblas; el poeta es, pues, un ave fénix que se reinventa juntando las cenizas de su silencio y empieza a balbucear con voz cada vez más audible que la tragedia para la que no hay un nombre no será. Camina sobre las aguas y desata tempestades. No será desplumado porque no es un ave artificial; es un ave real surgida de la fuerza de las voces que lo llaman como a un místico azaroso, como un mago humano –bien humano- y no sobrenatural.

Es la terquedad por la existencia en medio de la precariedad lo que nos vuelve humanos, más allá de la frivolidad y ligereza de los gobernantes de una República en exilio, en extinción, en decadencia. Resulta que aquí estamos y no nos hemos ido y queremos quedarnos. Haremos un frente, pero no para el consuelo mal entendido, sino como el alivio de la pena para no darnos por vencidos. Nunca. Aquí no ha ganado nadie todavía.

La caravana es invitación a todos para que no se avergüencen, ante sí mismos, por las heridas que portarán en su cuerpo al eludir batallas necesarias a la luz de la ética. Ya abrió generosa la oportunidad a la participación de todos en el resurgimiento de México, aunque haya quienes se empeñen en no entenderlo.

Si tan solo la caravana ayuda a decir la verdad delante de los poderosos y a omitir las mentiras con las que se gana el aplauso fácil y efímero –según la espléndida idea de Gandhi- ya habría logrado sus metas. Pero es mucho más y se comprende mejor cuando no se empequeñece el alma y al contrario se da, se entrega, a favor de la grandeza de miras abierta en el horizonte.

Bienvenidos a Chihuahua caravaneros. Bienvenido rio de luz.


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