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Llamarse César.

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Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ./

En verdad es todo un enigma. Un enigma que tiene que ver con los dioses que rodean al también divino César. Hay apuro en el panteón y creo que en el Olimpo. Asclepio (para otros Esculapio), y el  centauro médico Quirón, descuidaron las atenciones que le deben al César, cuando este cuidaba su villa, montado en brioso    corcel.    En    sus    muchos    ratos    libres,    acostumbra   cerciorarse —desconfiado— el estado de su villa, la que le es propia de toda propiedad.

Resulta que el César se dañó las costillas y un tendón del lado izquierdo de su grueso pecho. ¡Vaya descuido de Quirón, encargado de cuidar la salud de tan importante ser! Hoy no puede trabajar en los escenarios donde hay que saludar y dar abrazos, el reposo fue el consejo de los discípulos del centauro maestro de la medicina. Al fin y al cabo que estas cosas no son del agrado del poderoso.

Ciertamente la corona no se dañó, sería un despropósito que en la propia villa la portase; en cambio por tratarse de aspectos protocolarios los arreglos simplemente se reducen a simples cuidados coronarios, de esos que con no aplaudir, no saludar y no  dar abrazos se remedian.

El protocolo es rígido y como obliga a los incómodos abrazos y a los saludos, lo mejor es cancelar la presencia pública del hombre que por sus dones divinos no se pude exponer a una vida pública agitada y riesgosa pues no faltará quien, con embeleso, le quiera dar un apretón pectoral que dejará maltrechas las vulnerables costillas. El César que no teme a nadie —ni a los intrigantes del tipo de Bruto o los sicarios— debe cuidarse del simple trato con  urbanidad. ¡Lo que tienen que pasar estos elevados seres!.

Rara dicha de los pueblos que de golpe se dan cuenta del buen  estado del imperio, que se colige fácilmente: su emperador se da el lujo de cuidar su villa, todo está en paz. Salvo un simple daño en la insignia coronaria (quiero decir protocolaria) vale poco,  con no acudir a eventos de poca monta o en los que menudean los abrazos, se cura y se cura bien. Padecerán los deseosos de gritar Ave César. Los que sufrirán  el enfado imperial son los dioses  Asclepio y  Quirón, por fortuna no son humanos y mucho menos esclavos.

(Nota   pertinente: reseña la historia que hubo un presidente mexicano, creo tropical y creo de nombre Adolfo Ruiz Cortines  y creo que jamás accidentado en sus villas    de la Vera Cruz, que para remediar la práctica del antigénico saludo y el incómodo abrazo que convierte la espalda en tambor de banda sinaloense, simplemente se escoltaba con su propio sombrero negro cogido con sus dos manos a la altura del ombligo. Dicen los historiadores de la época que hasta se ahorraba de hablar de protocolos inexistentes. Pero eso sucede en las repúblicas, no en las monarquías y menos en los imperios).

(Nombre original del artículo: El problema de llamarse César).

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