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ENTRE AMIGOS.

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mafiososOPINION.

Por  Sergio Armendáriz.

Con curiosa facilidad hoy enrarecida, la clase política hace uso del concepto de “Amigo”, con una generosidad que raya en la falta de escrúpulo. En ese sentido, se le dice “Amigo” a todo aquél sujeto que pueda representar algún dividendo de carácter precisamente político –cliente o aliado de variopinta proporción–, en la percepción de quien así denomina a equis persona. 

Seguramente todo depende de la concepción que se tenga del vínculo que identificamos como la Amistad, precioso vocablo que quizá se devalúe por un uso carente de nobleza en lo que respecta al sentido mismo del término.

En la acepción filosófica, por ejemplo, en la tradición griega clásica, ser Amigo significaba el delicioso privilegio de compartir lo más valioso de la existencia y escencia humanas, es decir, el Amigo representaba lo auténticamente noble, la posibilidad de compartir la inteligencia y la emoción adyacente en dirección a la realización de la racionalidad humana, característica que desbestializaba al hombre, elevándole al supremo nivel contemplativo de la perfección, donde justamente las ideas se constituían en el espacio metafísico que era exclusivo del ente racional humano.

Significaba también la capacidad de obrar con aristocrático desinterés, rebasando las estrecheces e impurezas propias de las necesidades de la carne, las limitaciones vergonzosas de los instintos sueltos, así como del desaseo siempre presente en las condiciones de la vida material, penosamente condenada a la vejez, la enfermedad y la muerte.

La Amistad era pues un modo de pensar, sentir y vivir que magnificaba la condición humana tanto en lo que se refería al sujeto como a la dimensión de la polis, de la categoría de lo público; propiciaba a la vez, cierta forma de trascendencia retadora de la condenación a la extinción, que el hecho fatídico de morir conllevaba.

Por el contrario, en el sentido propiamente político, la acepción es diametralmente distinta. También de tradición mediterránea, mucho más cercana en el tiempo y en este caso italiana, específicamente siciliana, ser Amigo significa algo muy especial, por completo extraña al primer concepto ya referido. Quien mejor que Leonardo Sciascia, reconocido a su pesar como destacado mafiólogo, para expresar puntualmente el sentido original de esta acepción de Amistad, en el contexto de una conversación sostenida con la periodista Marcelle Padovani en los años setenta del siglo XX:

“… Yo también he conocido directamente a mafiosos. Entrevisté a Genco Russo, a quien se consideraba después de don Caló, el jefe de la mafia siciliana. Este hombre logró explicarme lo que es la mafia. Para empezar el juego, me dijo: “La palabra <mafia>, no debemos ni siquiera pronunciarla. Hablemos más bien de amistad. Usted ha venido a preguntarme, tomémonos antes un café juntos. Si yo a mi vez fuera a verlo a su pueblo, usted también me ofrecería un café. Así nace la amistad…”  

Hoy, es muy notorio que existe en la clase política mexicana y chihuahuense, juarense por supuesto también, una resignificación de la palabra de “Amigos”, porque independientemente de su uso prácticamente rutinario, no es ya claramente perceptible si el vocablo sufre una especie de emigración semántica de uno a otro de los sentidos, que en este escrito se proponen.

Nadie quiere traicionar y menos ser traicionado por los Amigos, en cualquiera de los dos sentidos referidos; la traición de la amistad implica ni más ni menos que la declaración flagrante de inexistencia de la misma, con terribles consecuencias de carácter moral y político.

Es deseable que hoy que los políticos expresan públicamente a la Amistad como trasfondo de sus relaciones competitivas, sean congruentes con un mínimo de nobleza en el manejo de tan sublime concepto, por principio, colaborativo.

Si el juego de poder es verdaderamente cooperativo, es decir, amistoso, con certeza la disputa será civilizada y aleccionadora para el público expectante y entretenido por la contienda que tiene por objeto la obtención y el usufructo del poder institucional, en este ya cercano 2010. En dirección contraria, si la definición operativa del término se adscribe a lo expresado por Sciascia, entonces lo que tendremos es un espectáculo caníbal que no parará en mientes, para exhibir lo más indeseable de la condición de una clase política que provocará el reventamiento de procesos tanto intrapartidarios como interpartidarios; el escenario se crispa cada día más y amenaza con presentar niveles insospechados de hostilidad, de una beligerancia cínica que no conocerá de escrúpulos para morder las condiciones normativas de lucha por el poder.

Es deseable, de perdida, que mínimamente toda la competencia y disputa con las consecuencias previstas, quede entre Amigos.

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