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ENGAÑADOS POR UN GRITO DE TRUMP

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Por Jorge FERNáNDEZ MENéNDEZ./10 de Julio

No deja de ser asombrosa la forma tan mediocre con que vemos la política exterior. En buena medida es responsabilidad de los medios de comunicación: desde la crisis de diciembre del 94, la información y aquellas formidables secciones internacionales que tuvimos en ExcélsiorEl Día, el Unomásuno y La Jornada fueron desapareciendo paulatinamente y hoy, salvo honrosas excepciones, lo que tenemos son reacciones, muchas veces tropicalizadas, para adaptar la vida política internacional a las necesidades de la agenda nacional.

Es verdad que la elección de Donald Trump ha despertado, también como reacción a sus exabruptos antimexicanos, un mayor interés. Pero él mismo sigue estando marcado por ocurrencias vacías de análisis. Es evidente que el presidente Peña se equivocó cuando hace casi un año recibió a Donald Trump en México. Pero también es verdad que, desde la toma de posesión de Trump, se ha sabido leer con bastante acierto la operación de su administración, más allá de la retórica tuitera e irresponsable del nuevo presidente. Se han logrado avances importantes en el proceso de renegociación del TLC, que comenzará oficialmente el 16 de agosto y que no será sencilla, pero sí mucho más acotada de lo que se pensaba; hay avances en el diálogo sobre seguridad fronteriza y regional, como se comprobó en la reciente visita de John Kelly. Eso se ha reflejado en la relativa estabilidad en las relaciones entre los dos países, en los números del comercio exterior y en la cotización del dólar. Y no descartemos que en los próximos meses pueda haber alguna sorpresa en el ámbito de la seguridad.

Pero terminada la reunión PeñaTrump en Hamburgo, la atención se puso en algo tan banal como la pregunta que literalmente le gritaron a Trump, al estilo de la prensa estadunidense: “¿pagará México el muro?”. “Absolutamente”, contestó Trump, también a los gritos y siguió su camino. Ante ello han salido voces exigiendo que Peña Nieto explique que México no pagará el muro (lo que ya hizo en innumerables ocasiones), que le reclamara a Trump y hay quienes escribieron que había que defender la soberanía nacional sin dejarse pisotear.

¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que se comprenda que esas declaraciones o esos tuits de Trump pueden ser en ocasiones una barbaridad, una provocación en otras y la mayoría de las veces unas tonterías indignas del presidente del país más poderoso del planeta, pero que ésa no es necesariamente ni la política que sigue su gente ni mucho menos una expresión de la verdad, una verdad que no le interesa en lo más mínimo, en ese contexto, a Trump y a sus más duros colaboradores como Steve Bannon o Roger Stone?

Hay que partir de los hechos: el muro no lo está pagando nadie. Simplemente no se está construyendo ni hay, al día de hoy, fondos presupuestales para hacerlo. Si estos se aprueban en el Congreso de EU serán para ampliar el muro que ya existe en buena parte de la frontera común. La posibilidad de que México lo pague, es nula. ¿Valdría la pena contaminar la renegociación del TLC o las conversaciones sobre seguridad regional por una ocurrencia de Trump cuando, además, el comunicado conjunto de la reunión reconoce que no se habló del muro en ningún momento?

Regresemos a la reunión del G20 para poner el acercamiento TrumpPeña en contexto. El encuentro de Vladimir Putin y Trump, que iba a durar media hora, duró dos horas y media y no hubo reclamo estadunidense por la intervención rusa en las elecciones de noviembre; quedaron en un acuerdo de alto al fuego en Siria que los miembros del resto del G20 no saben en qué consiste; decidieron crear una suerte de nube protectora en el ciberespacio que le da a Putin un enorme triunfo político ante el desconcierto europeo. En la declaración final sobre medio ambiente, la votación fue de 19 a uno: todos difirieron con Estados Unidos respecto al calentamiento global. En temas comerciales, Trump se mostró más proteccionista que cualquiera de los otros participantes.

Mientras se efectuaba la plenaria del G20, Trump se levantó una y otra vez de la mesa y su lugar no lo ocupó el secretario de estado, Rex Tillerson, sino su hija Ivanka, que no tiene representatividad gubernamental alguna: una grosería y una falta de sentido político y diplomático. Claro que no le gustó a los otros 19 participantes pero, ¿usted vio alguna declaración de Angela Merkel o de Emmanuel Macron al respecto? Por supuesto que no, y nadie en sus países se lo reclamó: había en el debate cosas mucho más importantes que una suma de imprudencias diplomáticas.

Si no tenemos un análisis mucho más sofisticado de qué es la administración Trump, de sus usos y costumbres para hacer política, no la podremos comprender, como tampoco entenderemos los intereses y los juegos que están detrás de ella. Las provocaciones y exabruptos de Trump sirven para su agenda interna, para ajustar sus cuentas y para ocultar sus verdaderas políticas. Dejarse guiar por los tuits y los excesos es un error y es, paradójicamente, lo que más conviene a los intereses que lo llevaron a la Casa Blanca.

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