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EL YERRO DE MEADE CON DUARTE 2018

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Por Jorge FERNáNDEZ MENéNDEZ./11 de Enero

La simulación de precampañas que restringe la promoción del voto, en cambio, ha dado lugar a una soterrada lucha política entre el PRI y el Frente por descontarse en el segundo lugar de la parrilla de salida para enfrentar a Morena como puntero hacia la Presidencia. La corrupción, nadie duda, es la manzana envenenada de la elección, pero especialmente para el candidato oficial, José Antonio Meade, y la imagen de ciudadano no priista que el PRI busca posicionar para reducir el costo de los escándalos de corrupción del gobierno y su baja aprobación.

Las denuncias del gobernador de Chihuahua, Javier Corral, de represalias del gobierno por investigar la corrupción del exmandatario priista César Duarte, descuadran los trazos de esa imagen del precandidato del PRI. No porque lo impliquen las acusaciones de operaciones financieras para triangular recursos de Hacienda al PRI en el anterior gobierno estatal, sino por bajar a combatirlas en ataques contra un mandatario estatal y en línea con la defensa del Presidente de otro caso de corrupción de gobernadores en esta administración. Meade se lanzó contra Corral, al que acusó de “traicionar, engañar y torturar” en la investigación. Un par de días antes decía que Duarte, de Veracruz, había lastimado al PRI y ahora se alinea con la postura presidencial de desestimar el caso del otro Duartecomo un “acto político”.

Pareciera que el precandidato priista mordió la manzana y abrió un amplio flanco para que le transfieran los costos de la mala percepción del PRI y el gobierno por corrupción, además de que Peña Nieto flaco favor le hace de meterse de lleno en la pelea de la sucesión. El yerro estratégico de ambos puede suponer un revés a su estrategia de desplazar al candidato del Frente, Ricardo Anaya, del segundo sitio, para disputar la Presidencia con López Obrador, y deja al PRI en una situación más adversa que cuando aceptó promover a un candidato sin militancia como condición para ir más allá de su voto duro.

Su candidatura genera preocupación entre priistas y el primer círculo del gobierno por las dificultades para despuntar, a pesar de ofrecerles lealtad, que lo “hiciera suyo” y rechazar distanciarse del Presidente por el que —dijo— había votado. Éste, quizá, su primer y mayor error. Cuando Peña Nieto llegó a la Presidencia, en 2012, el PRI gobernaba 21 estados y hoy sólo lo hace en 14 de ellos, lo que representa una merma de casi cinco millones de votos, entre otras razones, por la indignación debido a la impunidad contra la corrupción.

En ese contexto, las elecciones se desarrollan en un ambiente de partidos en entredicho y, particularmente el PRI, por el rechazo a la corrupción de media docena de gobernadores. El reto de sortear ésa, la mala percepción, y desligarse de los malos resultados del gobierno es mayúsculo para un candidato que participó en sus decisiones y ofrece “continuidad”, aunque oponga un pasado personal intachable y sin “cola que le pisen” como funcionario honesto en dos administraciones. Pero la tarea se vuelve titánica si, lejos de deslindarse, pareciera “encapsulado” por intereses de su partido o en la defensa del Presidente y su gobierno o viceversa.

La estrategia de presentar un candidato ciudadano sin partido y, en la práctica, acotar su autonomía, es un error del PRI. Sobre todo cuando sabe que la mayoría de los mexicanos ven retrocesos en inseguridad, economía y corrupción con el actual gobierno, para alcanzar el respaldo de los que teman una alternancia por una opción antisistema como Morena.

Ya cuando le preguntaron si investigaría los casos de corrupción de la administración, Meade respondió con un galimatías al decir que “tenemos que movernos en un esquema en que la pregunta no sea válida”. Ahora el caso Duartelo aleja de la principal bandera de la que ningún candidato, y menos uno ciudadano, puede desprenderse en esta elección: el combate a la impunidad y a la corrupción.

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