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EL PACTO DEL 10 DE JUNIO.

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Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ./17 de Mayo./

Porque no debemos permitir que todo se nos desvanezca entre las manos, la cita del 10 de junio en Juárez constituye una oportunidad para erigir un nuevo bloque social que encauce a México con rumbo a su recuperación y así poner un freno, contundente, a la espiral de la violencia que ya nos colocó al borde de la barbarie. El pacto no ha de ser ni el mercadeo de protagonismos, ni el camino fácil para abrirle espacios electorales a una izquierda que se despedaza en la facciosidad y el oportunismo, ni mucho menos un muégano de peticiones y reclamos. El pacto no se ha de confeccionar, como la vestimenta del arlequín, de muchos retazos. Nuestra propia historia política da ejemplos de documentos fundacionales en los que se sacrificó la buena literatura por la precisión, cuando menos en dos puntos: la ubicación del objetivo que se conviene y demostrar sus raíces profundas en la sociedad en que se trabaja con vías a su transformación. En este sentido, el pacto será exitoso si marca una dirección clara y que lo mismo se pueda levantar como bandera en Chiapas o Nuevo León, sin perder de vista su trascendencia internacional.

Que se firme en Ciudad Juárez, a la hora del Centenario de la histórica batalla que anunció el derrumbe de la dictadura porfirista, tiene una pertinencia emblemática indudable, pero además bien ganada, si nos hacemos cargo que la ciudad fronteriza ha jugado roles poco honrosos. Un recuento rápido nos recuerda que esta ciudad fue la sede de un gran burdel para las tropas norteamericanas establecidas en Fort Bliss, Texas; capital de la “industria” judicial de los divorcios al vapor como mecanismo para la obtención de divisas; sede del juego y destilería de wiskey durante el prohibicionismo norteamericano. Cuando se estableció la primera maquiladora con la venia de Gustavo Díaz Ordaz y Octaviano Campos Salas, jamás se pensó que surgiría una nueva sociedad, destructora de la tradicional en la que la explotación de trabajo femenino iba a ser la regla, la ausencia de urbanismo para una sociedad de masas y la desatención de la migración crearía fenómenos inéditos: los crímenes de odio y el feminicidio recientes son su rostro macabro y el narcotráfico, el crimen y la violencia que hoy imperan un fatal resultado de la carencia de un estado previsor y responsable, adjetivos que son un común denominador del municipio, el gobierno local y el federal.

Por ser Juárez la ciudad que dará honroso abrigo a la firma del pacto, podemos  reflexionar sobre la realidad nacional  desde tres balcones: el local, el nacional y el internacional.

El actual gobierno municipal de Héctor Murguía —ocupa un segundo período— está manchado por su colusión con el narcotráfico. Todo mundo lo sabe, su ex director de seguridad pública está preso en los Estados Unidos con ese antecedente y, sin embargo, al alcalde se le reeligió en un ejercicio de poder caprichoso del actual gobernador y mediante el cual satisfizo todos los deseos de la clase priista para mantener una unidad partidaria como cimiento de su propia elección. La historia de Murguía está plagada de acciones que desmienten la búsqueda de una seguridad ciudadana, afianzada en los derechos humanos. Su grito de guerra ha sido el establecimiento del toque de queda y la criminalización de la vida cívica misma. De aquí que podamos decir que todo en México es Juárez, y a la inversa. Con esto subrayo que para el norte del país es importante quedar convertida en una capital de la insurgencia contra la guerra.

El gobierno de Duarte, de escasa legitimidad si se tiene en cuenta el volumen del abstencionismo y los votos anulados, está vertebrado a partir de un priismo avejentado. Su estilo de gobernar se finca en la simulación y en la demagogia. Aparece pública y cotidianamente como el señor que todo lo da y publicita su “generosidad” aprovechando cualquier partida del presupuesto. Pertenece a la derecha profunda. La ruta que ha tomado Chihuahua tiene que ver con el reforzamiento del viejo autoritarismo, preocupado centralmente por la restauración del PRI en 2012. Esa es la prioridad y la pretende lograr Duarte de muy distintas maneras, entre otras, el ejercicio de un poder unipersonal que en los hechos desconoce la división de poderes, los órganos autónomos y las libertades públicas, particularmente la de expresión. Duarte mantiene, con prodigalidad, un bozal de oro sobre los medios de Chihuahua y la única verdad es la oficial, como en los tiempos de la censura.

Su historia es más que aleccionadora, lo vincula a la defensa de la impunidad de Patricio Martínez García que destruyó, desde el poder, lo poco que había en el estado para el combate de la violencia propia del crimen organizado. Una visión acorde con estándares internacionales en materia de derecho penal, Duarte la ha cambiado por la propuesta de poner bajo sospecha la presunción de inocencia, penas más altas y cárceles más grandes. Con esos méritos dice poner a Chihuahua a la vanguardia del país.

Duarte, con medio año en el gobierno, traza su política en concierto con la de Felipe Calderón. Cuando este dice que los poderes locales no colaboran, Duarte contesta que ese saco no se lo pone. Maneja con frivolidad y con miedo las instituciones encargadas de la represión penal y la seguridad. Dos ejemplos: el actual Fiscal General cuando se le ofreció el cargo lo denegó, por no considerarse apto, minutos después su señora esposa le dijo que era un mandato divino, una prueba que dios le ponía en el camino para que sirviera a su pueblo. Algo parecido a lo que le pasó a Pablo camino de Damasco. Y ahí está, compartiendo los miedos de que el estado más grande de la república sea dejado al garete si la Policía Federal y el Ejército abandonan la plaza. Duarte es tan calderonista como el que más.

Para los chihuahuenses el arribo de las fuerzas federales se asocia con el incremento de la violencia y el derramamiento de sangre. La presencia militar no sirvió ni como instrumento de disuasión y aparecieron incontables masacres, jamás vistas, como en Creel o Salvárcar. Hay elementos para pensar que el poder letal del Estado se emplea para llevar a cabo la limpieza social contra los pobres y los jóvenes. Los militares que vinieron a Chihuahua lo dijeron muy claro: para ellos la orden de aprehensión de un juez se sustituye por el marro y quienes hablan de derechos humanos son cómplices de los narcotraficantes. Ahora se cuidan para no expresarse en esos términos, pero si se aplicara el derecho a algunos mandos, entre ellos a Felipe de Jesús Espitia, ex comandante de la Quinta Zona Militar, debieran estar bajo proceso.

Atalayando hacia el escenario internacional, el trasiego de la droga continúa, el tráfico de armas es proverbial y los circuitos financieros de la banca norteamericana están abiertos para el lavado de dinero. Algunos sicarios ejecutan, de día, en Juárez y se retiran a sus aposentos en la zona de El Paso. Calderón hace la guerra jugando el papel de guardián de la frontera de USA. Para que la sangre no se derrame en el Bronx, Detroit, Chicago o los Ángeles que se derrame en México, en Colombia o en Brasil. Si el gobierno calderonista adolece de un proyecto legitimado por los mexicanos, lógico es que carezca de una política internacional fuerte y coherente con los intereses del país.

Ese es el escenario que ofrece Juárez y todo Chihuahua a los futuros signatarios del pacto del próximo 10 de junio. Se trata de un pacto necesario en el que talento político, generosidad y altura de miras se deben sobreponer a todo intento de facciosidad, de visión sectaria. A las puertas de la barbarie, nadie está éticamente autorizado para intentar hacer prevalecer su propia visión, sin que esto signifique una negativa a la deliberación previa al arribo de sabias decisiones.

Quienes encabezan esta jornada, entre ellos Javier Sicilia, están ante un gran reto. No son, en muchos casos, experimentados políticos y qué bueno; pero tampoco actores sujetos al capricho y solo obedientes al agravio directo. Entre todos podemos llegar a la firma de un acuerdo que le puede abrir al país grandes avenidas para resolver su futuro. Es menester, en primer lugar, reconocer que estamos ante un desorden descomunal al que no se le puso  remedio en sus comienzos y menos  ahora con opciones militaristas, cuando ya ha avanzado amenazando la viabilidad misma de la república.

A la vez, no se puede negar, so pena de caer en el error, que el mundo de la mafia es una película con particularidades esenciales. Para mí que Marlon Brando lo dijo muy bien cuando comentó El Padrino de Francis Ford Coppola: la cinta trata de la mentalidad empresarial: “En cierta forma, la mafia es el mejor ejemplo del capitalismo que tenemos”, afirmó puntual. Tanto la extemporaneidad para el combate del mal en sus orígenes, como las determinantes económicas de la industria del narco, han puesto en peligro al país, en riesgo de perderse. De ese tamaño es el problema como para andar con pamplinas en torno al futuro pacto.

¿Por qué pienso así? La respuesta es compleja, obvio. La que ofrezco no se queda en trazar un simple paralelismo con el ascenso del nazi fascismo y su barbarie, que reconozco como manido argumento. De todas maneras, recordemos  los grandes obstáculos que se presentan ─a la democracia, la justicia y el Estado constitucional de derecho─ cuando en una sociedad no hay consenso para atalayar el futuro, precisamente como nos pasa aquí y sucedió durante la república de Weimar. Voces autorizadas han escudriñado la peligrosidad para toda sociedad el convertir cualquier diferendo, por pequeño que sea, en un motivo de guerra. En el caso de Alemania todo acabó con el ascenso de los nazis al poder el 30 de enero de 1933 y, sobrevinieron doce años de  barbarie. Cambiando lo que haya que cambiar, algo similar nos puede atrapar a los mexicanos.

Igual sucede en México: la emergente democracia liquidó un poder autoritario, incontrastable, pero no alteró el orden social establecido ni la petrificada cultura del poder. Llegó Fox, continuó Calderón, aparentemente se repliega el PRI, pero se sigue gobernando de igual manera: las fuerzas armadas están en la calle, cada vez ocupan más espacios civiles del Estado y se hacen los indispensables y no volverán a sus cuarteles y esto es así porque el poder está desligado de los intereses y mandatos de la sociedad.

Y aquí lo más delicado: la precaria democracia que tenemos se puede hundir porque contra ella se conjuntan, para derribarla, un enorme poder del crimen organizado, pero también fuerzas que van desde la derecha tradicional, hasta esa otra compuesta por los grandes empresarios, los que se duelen de la caída de un viejo dominio y ve peligrar sus privilegios: altos funcionarios gubernamentales, oficiales del Ejército, altos jerarcas de las Iglesias que conspiran de principio a fin para abatir un proyecto tan importante como la república que necesitamos los mexicanos.

Si la vida me da el privilegio, así sea en calidad de testigo, de participar en el Pacto de Juárez, todo esto y más llevaré en mi mente, porque en efecto: estamos hasta la madre, palabras que no acostumbro y menos en el mes de mayo. Pero, además, hay que mostrarlo.

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