Home»Politikkón»EL FISCAL DE HIERRO

EL FISCAL DE HIERRO

0
Compartido
Pinterest Google+

Por José Elías ROMERO APíS./7 de Julio

Con ello sería un milagro que pudiera inspirar el menor respeto. Así han sido casi todos los llamados fiscales de hierro. Los ponen, los quitan, los regañan, los espantan y, a veces, hasta los ridiculizan. Por eso, un Presidente dijo que tenía un fiscal de hierro que les metía cincuenta “chingadazos” y que tenía un fiscal de leyes que les metía cincuenta años. Este último era, en realidad, el más temible.

A todos los presidentes les gustaría tener un procurador valiente que no les tema a los delincuentes. Pero a ningún Presidente le gustaría tener un procurador tan valiente que no le temiera al Presidente.

Los abogados son los destinatarios del requerimiento de la justicia, para que la procuren, para que la impartan o para que la conquisten con honor ineludible. La justicia no triunfa solamente porque se adquiera o se defienda un derecho. La justicia triunfa o se derrota, fundamentalmente, por la manera como se adquiere o se defiende ese derecho.

En estos días de la celebración gremial anual de los abogados, debiéramos refrendar que la justicia es mejor que la victoria. Por ello no nos confundamos entre los medios y los fines del derecho. La justicia nunca puede triunfar parcialmente. Si descuida los fines por atender los medios o si claudica en los medios por obstinarse en los fines, habrá vencido en fracciones y cuando la justicia triunfa a medias quien ha vencido, en realidad, es la injusticia.

No se puede conceder razón a quienes consideran a la observancia de la ley como un espacio demasiado reducido para la satisfacción de sus demandas, ni a las autoridades que consideran a la ley como un espacio demasiado estrecho para la realización de su trabajo.

Hoy en día, la justicia en México se encuentra en crisis. No podría asegurar si es su peor condición en nuestra historia, pero sí que lo es en nuestra memoria. Nunca antes nos habíamos enfrentado a una tan severa fractura de nuestro Estado de derecho.

Estamos corriendo el riesgo del extravío. Algunos porque, en una romántica ingenuidad, creen que las cosas no son tan graves. Otros, porque en una peligrosa soberbia, consideran que la culpa es de todos los demás, menos de ellos. Hay hasta quienes, por estúpida vanidad, piensan que tienen las soluciones en la prontitud, en la facilidad y en la ligereza.

Resolver lo anterior no es una tarea fácil. Existe un cúmulo de obstáculos que será necesario remover o, cuando menos, sortear. Desde el escepticismo y la desconfianza hasta la resistencia de aquellos a quienes ello no les tenga provecho y que puede adivinarse que estos intereses no son ni pocos ni frágiles. Por el contrario, son muchos y son muy recios.

El desafío de la justicia obliga a hacer uso de voluntad, de serenidad y de firmeza para conjurar toda vulneración al Estado de derecho, cualquiera que sea la forma que adopte, llámese arbitrariedad, abuso, desvío, ilicitud, delincuencia, impunidad, corrupción o lenidad.

Pero, por otra parte, tengamos las suficientes dosis de realismo. Ni todo es culpa de los gobiernos ni todo es responsabilidad de ellos. Porque un análisis más profundo nos previene y nos advierte sobre un posible embeleco colectivo. Si lo decimos con claridad, en verdad, ¿todos los gobernados quieren que nuestros gobiernos apliquen las leyes? ¿Todos los gobernantes quieren legalidad, honestidad y justicia? ¿Todos los mexicanos, de verdad, quieren castigo para el infractor? No creo que podamos estar seguros de ello.

Narran algunos romanistas que durante las más fastuosas celebraciones imperiales, los césares contaban a sus espaldas con un edecán que, periódicamente, se inclinaba para susurrar al oído del emperador las palabras memento mori —acuérdate de la muerte— y, con ello, tratar de reubicarlo en su condición de mortal y transitorio.

Así, debiéramos siempre vivir con la advertencia de que existe un memento lex —acuérdate de la ley— que nos ponga en claro que la ley, como la muerte, vive a nuestro lado y que no es bueno olvidarse de ella ni maltratarla. Sobre todo, para que ella no se olvide de nosotros ni nos maltrate.

Hoy, más que nunca, me enorgullezco de mi profesión y saludo a mis colegas. Hoy, los invito a tener presente que la justicia requiere acompañarse de fortaleza, de prudencia y de templanza. Y que nunca triunfa cuando se le pretende asociar con los falsos símiles de aquéllas: con la fuerza, que a veces aparenta ser fortaleza; con el temor que en ocasiones pretende disfrazarse de prudencia; y con la mera abstención que suele engalanarse como verdadera templanza.

 

Twitter: @jeromeroapis

Commentarios

comentarios

Nota anterior

NOTARíA DE MEMO DOWELL, SEGUIRá OPERANDO HASTA QUE SE RATIFIQUE LA SANCIóN

Nota siguiente

CONVERSIóN CON UN SORDO