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DESASTRE EN NOCHIXTLáN

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Por Raymundo RIVA PALACIO./20 de octubre

El 22 de junio del año pasado se publicó en este espacio la narrativa de Nochixtlán, que describía la torpeza con la que la Policía Federal trató de disolver un bloqueo carretero en protesta por la reforma educativa, y abría con una pregunta: ¿Qué sucedió el domingo 19 de junio cuando murieron al menos 11 civiles y a policías federales les cortaron dedos a machetazos y terminaron con pies heridos por las bombas caseras que les explotaron? Nadie tiene una explicación clara de la cadena de sucesos, se apuntó, y lo que estaba informando el gobierno federal en voz del entonces comisionado de la Policía Federal, Enrique Galindo, no tenía sentido. Decía que la Policía Federal había recuperado la vialidad en Nochixtlán “sin ningún tipo de incidente”, en una reconstrucción de hechos que insultaba la inteligencia de los mexicanos. En aquél entonces, Galindo replicó en privado que era falso lo escrito y que habían actuado correctamente. Quince meses después, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos confirmó la hipótesis, descalificando a Galindo y al gobierno federal.

El operativo en Nochixtlán, establece la recomendación de la CNDHdada a conocer el miércoles, en el que hubo uso excesivo y letal de la fuerza y graves violaciones a los derechos humanos que provocaron la muerte de siete personas y dejaron más de 500 lesionados –algunos de los cuales aún no se curan–, fue consecuencia del “pésimo” diseño, planeación y ejecución del operativo armado y ordenado por Galindo, que derivó en un choque en tres comunidades. Fue un ejemplo, señaló, “de lo que no deben ser las acciones policiales”. Nochixtlán, como Tanhuato y la forma como armaron desde el gobierno federal, con la Policía Federal como su brazo operativo, a los grupos paramilitares en Michoacán, son tres de los botones de muestra del mal trabajo policial en la administración peñista, donde se encargó a incompetentes la seguridad del país. Los altos índices de violencia nacional prueban lo que la soberbia oficial niega: el fracaso de su estrategia.

En Nochixtlán, el 19 de junio las cosas comenzaron temprano. Como se apuntó el 22 de junio de 2016 aquí, el operativo, según explicó el entonces gobernador de Oaxaca, Gabino Cué, comenzó a las 10 de la mañana. Galindo precisó que desde las siete de la mañana habían solicitado que levantaran el bloqueo en Nochixtlán, que conecta a Puebla con Oaxaca y el sur del país, que había estado bloqueada durante una semana. El desalojo duró media hora. “Después de las 10 y media cambió el escenario”, dijo Galindo. “Vivimos una emboscada. Llegaron grupos con armas y bombas molotov”.

En este punto empezaron sus contradicciones y la versión oficial se debilitó. A esa hora, en voz del excomisionado, comenzaron a escuchar detonaciones de armas de fuego, con lo cual el escenario del desalojo cambió en forma “radical”. Según dijo, se solicitó apoyo aéreo, y cuando llegaron los helicópteros, a una hora que no precisó, fueron recibidos a balazos. No informó a qué iban los helicópteros, y si respondieron o no el fuego. A las 11 y media de la mañana, dijo, llegó un grupo adicional de la Policía Federal con armas. Ese domingo por la tarde, la Comisión Nacional de Seguridad, afirmó: “Los elementos de la Policía Federal que participan en el operativo no se encuentran armados ni portan tolete”. Era otra mentira. La primera fotografía de federales armados la tomó Jorge Arturo Pérez, de la agencia Cuartoscuro, cuyas imágenes tienen grabada la hora automáticamente de la cámara, entre las 10:15 y las 10:30. Es decir, antes de que la Policía Federal descubriera hombres armados entre los maestros. Pérez, además, dijo no haber visto a nadie armado que no fuera agente federal.

La narrativa de Nochixtlán siguió desvaneciéndose. Galindo declaró en una radio que se había recuperado la circulación sin ningún problema (entre 10 y 10:30), pero cuando se dieron los primeros disparos, hubo “un cambio dramático de escenario”. Lo que se dio “fue una especie de emboscada”, dijo. Minutos después, añadió en otra entrevista de radio, hasta dos mil personas rodearon a los federales y a los policías estatales. Nadie lo cuestionó, pero lo que aseguraba era un disparate.

La emboscada tiene como primer elemento la sorpresa, que no existió porque el bloqueo llevaba una semana, y sus organizadores habían dicho que se endurecería el fin de semana. Afirmar como lo hizo Galindo, que los atacaron dos mil personas, era absurdo. Las dos mil personas no formaban parte orgánica de quienes atacaron a las policías, eran habitantes de las comunidades que se sumaron a los bloqueos. Las autoridades nunca supieron cuántas personas participaron en la operación contra ellos, planeada y ejecutada con perfección. Grupos no identificados actuaron de manera coordinada. Cerraron los caminos para obstruir los apoyos de los cuerpos de seguridad, y los fueron atrayendo hacia puntos que ellos escogieron, mediante repliegues tácticos a sitios donde tenían pertrechos para volverlos a atacar y causar bajas.

Nochixtlán es una metáfora de la incapacidad de este gobierno en materia de seguridad. Pero también de soberbia. Galindo fue removido poco después como comisionado de la Policía Federal y desapareció durante un tiempo de la arena pública, hasta hace unos días cuando reapareció como enviado del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, a Morelos, para colaborar en la coordinación de la reconstrucción. Un insulto la narrativa de Galindo sobre Nochixtlán; un insulto su rehabilitación en el gobierno. Inadmisible por supuesto. Pero ante este gobierno, sólo queda indignarse, porque nunca hay consecuencias para sus atropellos.


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