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DEMASIADO POCO Y DEMASIADO TARDE

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Por Dolia ESTéVEZ./15 de Septiembre.

La indiferencia del gobierno de Estados Unidos ante la devastación que causó el sismo en México, es síntoma del decadente estado que guardan las relaciones entre los dos países. La llamada en la que Donald Trump “ofreció condolencias por el terrible terremoto” a Enrique Peña Nieto, finalmente llegó el jueves, cuando los líderes de medio mundo se le habían adelantado y los muertos estaban enterrados. En Twitter, Trump culpó al celular de Peña por el retraso pues, dijo, no tuvo señal durante tres días!! Sobre ayuda, ni una palabra.

Las expresiones de solidaridad en tiempo real entre jefes de Estado en casos así son de cajón. Es una regla no escrita, pero acatada, que abona la convivencia y civilidad entre naciones. Nos dice que al margen de las desavenencias políticas y choques ideológicos somos humanos. Que el dolor del prójimo aún sacude. Es una expresión elemental de humanismo.

Son muchos los sentimientos de Trump hacia los mexicanos, pero la compasión no es uno de ellos. Cuestión de ver la crueldad con que truncó los sueños de cerca de 800 mil jóvenes inmigrantes indocumentados a quienes, sin piedad, los arrojó al abismo de la incertidumbre jurídica. O el insólito indulto con el que Trump premió a Joe Arpaio, el detestado ex alguacil de Arizona quien hizo de la humillación y la burla de los mexicanos su deporte favorito.

No sorprende la deshumanidad de Trump hacia el sufrimiento de las poblaciones de Oaxaca y Chiapas, estados pobres que, pese a los güeros que ve Peña, son predominantemente indígenas.

Trump no quiere a los mexicanos. No nos respeta. Sabe que entre más ofende, mejor se posiciona ante el electorado racista que lo ayudó a llegar a donde está. México y los mexicanos son parte de su arsenal político. El sismo que dejó cerca de 100 muertos y decenas de miles sin casa ni futuro, no está en su radar. Solidarizarse con México primero que nadie, no le hubiera redituado ganancias políticas.

Algunos diplomáticos y académicos argumentan que la relación con Estados Unidos ha vivido peores etapas. Las fuertes tensiones durante el gobierno de Ronald Reagan es una de los casos más socorridos. El peor año fue 1985. El Embajador John Gavin acusó al gobierno de Miguel de Madrid de tortuguismo en la localización del cadáver del agente de la DEA Enrique Camarena. Estados Unidos clausuró la frontera. Gavin entregó una lista de funcionarios presuntamente corruptos que de la Madrid rechazó indignado. Se intercambiaron dimes y diretes. No se llegó al rompimiento, pero la confrontación escaló al máximo.

Con todo, no fue motivo para que meses después, el gobierno de Reagan respondiera con prontitud y generosidad ante el terremoto que destruyó partes de la Ciudad de México hace 32 años. Ese día, en misiva a de la Madrid, Reagan expresó su solidaridad con el pueblo de México y brindó el respaldo de su su país para enfrentar la tragedia. Fue uno de los primeros.

En Washington, se celebraron reuniones de emergencia. Reagan, el Congreso y el Departamento de Estado ofrecieron ayuda financiera. Nancy Reagan viajó a México y recorrió la devastación (¿Se imaginan a Melania Trump, con sus tacones empinados, recorriendo Chiapas?) Millones de dólares en asistencia humanitaria, medicamentos, camiones, helicópteros y cientos de rescatistas estaban listos para cruzar la frontera.

Pero el nacionalismo ramplón del priismo de la época se impuso. De la Madrid rechazó el ofrecimiento. Sólo aceptó una ayuda modesta: equipos de técnicos especializados en rescate de minas y expertos en demolición para derrumbar edificios desahuciados. Frustrado, el Secretario de Estado George Shultz dijo que “admiraba la tradición mexicana” de rascarse con sus propias uñas.

El Embajador Gavin, quien el día del sismo estaba en el aeropuerto de Nueva York a punto iniciar sus vacaciones, cambió de planes y regresó de inmediato a México abordo de un avión de la Fuerza Aérea estadounidense. Sobrevoló la ciudad por helicóptero. Montó un “cuarto de guerra”, con mapas que dividían a la capital en sectores para distribuir una ayuda que México nunca aceptó. El activismo del diplomático molestó a de la Madrid. Tronó cuando Gavin, en su estilo de agente provocatour,  calculó los muertos en 10,000. El gobierno decía que eran 3,000.

La comparación entre la respuesta de Reagan en 1985 y la de Trump hoy, no deja lugar a dudas de que, contrario a la propaganda del gobierno de Peña, Trump no ha cambiado su valoración sobre los mexicanos. Las desavenencias con de la Madrid no impidieron a Reagan tenderle la mano a México. Trump, en cambio, habló con Peña cuando el daño ya estaba hecho.

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