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DE CóMO PERDIó MANCERA LA CANDIDATURA DEL PRI

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Por Martín MORENO./16 de Enero

La amistad entre un hijo del ex Presidente Carlos Salinas de Gortari con Manuel Granados.

La urgencia de Peña Nieto de contar con aliados durante su sexenio.

El entreguismo de Miguel Ángel Mancera al gobierno peñista y su ambición política, sin ningún respeto a la fuerza que lo encumbró: la izquierda del PRD.

Todos estos factores se combinaron para que Mancera – un hombre sin partido ni ideología propia ni identidad política-, alcanzara un pacto con Peña Nieto para ser considerado, llegado el momento, viable candidato externo presidencial del PRI.

¿Había posibilidades? Sí, le respondieron.

Sin embargo, le pusieron dos condiciones desde Los Pinos:

Primero, que descarrilara a Marcelo Ebrard, a quien el Grupo Toluca consideraba enemigo político a futuro.

Segundo, qué en la elección intermedia de 2015, reventara electoralmente a Andrés Manuel López Obrador, reduciendo a Morena a obtener solamente una delegación y que, por supuesto, no tuviera presencia significativa en la ALDF. Pero lo más importante para EPN: neutralizar a AMLO desde entonces y evitar que creciera políticamente en la capital, dejándolo fuera, desde tres años antes, de cualquier posibilidad de pelear la Presidencia.

Mancera se comprometió y aceptó: de lograr ambas cosas, el PRI lo consideraría como candidato externo a la Presidencia de México.

Sí, igual que hoy lo es José Antonio Meade, lo que demuestra la viabilidad de que en Los Pinos valoraran con Mancera ser el candidato.

El equipo de Peña Nieto y el propio Presidente, desde mediados de sexenio, habían considerado tal posibilidad: un candidato externo.

Y Mancera le representaba al peñismo un juego de ganar -ganar: fulminar a la mancuerna AMLO-Ebrard, y abrir la baraja de presidenciables para el PRI, independientemente de la decisión final.

¿Qué ocurrió?

La primera sí la cumplió Mancera: de alguna manera, mediante el escándalo de la Línea 12 del Metro, logró sacar de la escena política a Ebrard, inclusive, desterrándolo del país.

Pero donde Mancera fracasó, fue en derrotar a AMLO en 2015, elección intermedia en la cual Morena no solamente ganó 5 delegaciones: Cuauhtémoc, Xochimilco, Tlalpan, Tláhuac y Azcapotzalco, sino que, de paso, se convirtió en mayoría en la Asamblea Legislativa.

Allí fue cuando Mancera entregó malas cuentas a Los Pinos.

No solo no pudo contra AMLO, sino que el triunfo indiscutible de Morena en 2015 en la CDMX consolidó, aún más, la candidatura presidencial del tabasqueño y se convirtió en plataforma desde la cual se impulsó para buscar su tercera candidatura presidencial.

Mancera fue noqueado por AMLO.

Y allí perdió toda posibilidad de ser el candidato presidencial del PRI.

*****

La amistad de Manuel Granados – uno de los operadores, a la fecha, de Mancera-, con un hijo de Salinas, fue la mano que acercó a Mancera con Peña Nieto. Llegaba bendecido por el ex Presidente que, a pesar de lo que se diga o se piense, mantiene una influencia enorme en el entorno peñista.

Gracias a ese vínculo, Mancera pudo hacer pactos y alianzas con Peña Nieto.

Así, la primera mitad de los gobiernos de ambos, fue luna de miel, con abrazos, sonrisas, apretones de manos y halagos mutuos.

Peña necesitaba de aliados para derrotar a AMLO en la ciudad de México, y Mancera – con su docilidad política-, era el compañero de viaje perfecto para intentar descarrilar a López Obrador.

Mancera se dejaba querer, yéndose a la cama con el régimen peñista y soñando, conforme avanzaba el tiempo, con ser candidato del PRI a la Presidencia.

Pero llegó 2015, lo derrotó AMLO, y cayó de la gracia de Los Pinos. Adiós, candidatura.

El resto de la historia se resume al naufragio de Mancera, y de allí, a la patética conducta posterior del jefe de Gobierno:

Primero, fulminado por Ricardo Anaya, quien le ganó la candidatura del Frente PAN – PRD-MC.

Segundo, emberrinchado con Anaya, Mancera reclamó públicamente la paternidad del Frente, argumentando, de forma mezquina, que había sido su idea y que él debía ser el candidato. Sí, como niño encaprichado que le quita la pelota a sus amiguitos porque le metieron un gol.

Tercero, y ya en la lona, amenazó que si no era el candidato del Frente, pues entonces sería postulado a la Presidencia por el PRD, partido del que renegó, escupió y traicionó. Solamente que a Mancera se le olvido un pequeñísimo detalle: el partido amarillo ya estaba más que comprometido con Anaya, y dejó chiflando en la loma al iluso Mancera.

Cuarto, y con semblante descompuesto, Mancera dijo: “Mejor me quedo en la ciudad para la reconstrucción”. Pero también olvidó otro detalle: los tiempos en la política: si eso lo hubiera hecho entre septiembre y octubre, en plena emergencia por el sismo y ante la desgracia de decenas de miles de capitalinos, entonces Mancera hubiera sido reconocido como un estadista qué por encima de sus ambiciones personales, optó por su obligación al ser electo jefe de Gobierno: atender los intereses de los ciudadanos. Empero, nadie se tragó su drama. Si permaneció en el cargo, fue porque ya no tenía de otra. Ninguno le creyó su astracanada.

*****

Hoy por hoy, Mancera naufraga, víctima de su ambición desmedida y traición a la izquierda.

Cómo estará su abandono que, según lo dicho a esta columna, hasta Héctor Serrano prepara la puñalada porque está más que comprometido con Alejandra Barrales para que sea la candidata de “Por México al Frente” a la candidatura a jefa de Gobierno, y no apoyar al favorito de Mancera: Salomón Chertorivski.

Ya veremos si a Mancera aún le queda fuerza para imponer a Chertorivski.

Ya lo veremos.

 

TW: @_martinmoreno

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