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ARTISTA EFíMERO: SARMIENTO

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Por Sergio SARMIENTO./5 de Julio

A José Luis Cuevas le gustaba llamar la atención. Lo hizo desde los años 50 cuando muy joven dio a conocer su manifiesto La Cortina de Nopal. Con ánimo irónico, haciendo referencia a la “cortina de hierro”; rechazó los dogmas nacionalistas de la llamada escuela mexicana de pintura que habían convertido el muralismo mexicano en una mala imitación del realismo socialista. El documento fue publicado por Fernando Benítez en “México en la Cultura”, suplemento cultural del periódico Novedades.

“Sería el comienzo de una serie de artículos en los que ataqué con virulencia el arte folklórico, superficial y ramplón que se hacía en México -escribió Cuevas en 1988–. En México y en el extranjero se me veía como un joven iracundo.”  El renacimiento mural mexicano había pasado de revolucionario a conservador. Rufino Tamayo y Carlos Mérida fueron los primeros en rebelarse, pero Cuevas formalizó lo que Teresa Conde llamó “la generación de la ruptura” y que incluía a Juan Soriano, Vicente Rojo, Alberto Gironella, Gabriel Ramírez, Arnaldo Coen y Manuel Felguérez.

No era Cuevas realmente un pintor, aunque a menudo así se le ha presentado por desconocimiento de su obra. Era un magnífico dibujante, pero también realizó esculturas notables. Su obra maestra, sin embargo, fue su propia vida, que supo transformar en leyenda.

Cuevas era un hombre enamorado de sí mismo, un “narciso criollo” como lo llamó Enrique Krauze. Físicamente atractivo, seductor empedernido, era también un gran publicista interesado solamente en promoverse a sí mismo. Su “mural efímero”, develado ante una multitud el ocho de junio de 1967, hace medio siglo, en las calles de Génova y Londres de esa Zona Rosa que él decía haber bautizado, pretendía ofrecer un contraste con la afirmación de Siqueiros de que su obra resistiría el paso del tiempo, pero funcionó principalmente como golpe publicitario. Cuando Cuevas hablaba de sí mismo, sin embargo, lo hacía con ironía: parecía jugar con el público, antes que creerse los halagos en boca propia.

Cuevas simbolizó la transformación del México rural, embebido todavía en la mitología de la Revolución, en un país urbano y cosmopolita. Sus tardes de café en El Perro Andaluz o el Tolouse Lautrec eran foros de discusión sobre política, arte, cine y filosofía. Los interlocutores formaban un quién es quién del momento intelectual: Fernando Benítez, Carlos Fuentes, Luis Buñuel, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Emilio García Riera, Gabriel García Márquez, Jomi García Ascot y tantos más.

Es falso, no obstante, que Cuevas pasara todo el tiempo en discusiones de café. Era un trabajador intenso que creaba imágenes oníricas con hábiles trazos sobre el papel. Forjó un mundo particular de figuras contrahechas, angustiantes, a veces eróticas, que reflejaban sus temores, su amor por las mujeres y sus celos enfermizos.

Cuevas se enorgullecía de ser rebelde, pero se divertía también al burlarse de los dogmas culturales. Rechazaba ser un líder y escribió: No “pido que se siga mi ruta” porque “no la considero única. Admito en el arte todos los caminos”. Promovía, sin embargo, una visión cosmopolita: “Quiero en el arte de mi país anchas carreteras que nos lleven al resto del mundo, no pequeños caminos vecinales que conecten solo aldeas”.

Hoy el arte mexicano se beneficia de su rebelión. Cuevas entendió que la expresión plástica debía liberarse de los dictados de los muralistas revolucionarios. Nos dejó en eso un legado muy importante.

Superávit IMSS

Apenas en 2012 el IMSS tuvo que echar mano de 27,394 millones de pesos de reservas y fondo laboral para cubrir su déficit de operación. En 2016 la cifra fue de 0 como consecuencia de un superávit de operación de 6,437 millones de pesos. Una buena noticia.

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