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UNA PÁTINA DE NOSTALGIA.
Por Luis VILLEGAS./15 de Febrero./
¿Cuántas veces he comenzado a escribir un escrito que no
quería escribir? ¿Cuántas los hechos se han adelantado a estas
líneas? Muchas. Pendientes los comentarios sobre los resultados
de la elección interna del PAN celebrada el pasado domingo -donde
los resultados confirmaron la previsión de las encuestas y ganó
Josefina (¿se acuerda? “Mi gallo es gallina y […]”)- y más aún, las
particularidades de la elección de candidatos al Senado por venir en
el seno de ese mismo Partido, había pensado que no, que luego de la
miel y el panal debía escribir sobre algo más leve, el cine, por ejemplo,
y bordar el tema de una película entrañable que el fin de semana
deleitó mis sentidos y, ¿por qué no confesarlo?, entre las burlas de
Adolfo, me hizo derramar alguna lagrimita periférica y distraída: La
Invención de Hugo Cabret.
La cinta me hizo recordar de inmediato la literatura de Carlos
Ruiz Zafón1 y la atmósfera de una ciudad entre brumas (Barcelona),
sumida en el horror mudo de una dictadura (la de Franco) y el pasmo
de una historia maravillosa de intriga, amor, lealtad y valor. El filme
no se ubica en la España de la dictadura, se sitúa en el Paris de
entreguerras, no hay bruma marina, apenas las de las máquinas de
vapor (la historia transcurre en una estación de trenes); y nos narra
la historia de Hugo, un huérfano, que cree que todas las cosas tienen
un propósito y que los objetos rotos son piezas tristes, incompletas,
incapaces de cumplir con su cometido; y que quizá las personas
seamos, a veces, como cosas rotas cuya misión en la vida está por
cumplirse.
Habría escrito de ello si una noticia no hubiera venido a
sofocarme; a sacarme el aire y a dolerme como duelen las cosas que
lastiman… más que el cuerpo, el alma.
Murió don Jesús Trevizo.
Se dice fácil; apenas una frase de cuatro palabras, ocho sílabas,
veinte letras…varias décadas y una historia maravillosa -quítele usted el asunto de la intriga- y nos deja con una secuela entrañable de amor, lealtad y valor.
Amor a México, al PAN, a su familia; lealtad inquebrantable, a los
principios, a los ideales, a las ideas, a las personas (lealtad de la que
fui atónito testigo); y valor a toda prueba, que trascendió los años, los
lustros y que lo hace un pilar, un baluarte, un bastión, un estandarte,
del PAN en Chihuahua.
Recuerdo que, alguna vez, quise escribir un libro; uno, que
hablara de ello, de la historia de Acción Nacional en Chihuahua;
recupero algunos de los apuntes y ahí leo:
Breve reseña de PAN en Chihuahua. “Batalla de San Andrés”:
Manuel Rodríguez Lapuente, Oscar Saúl Corral y Roberto Peralta,
son brutalmente golpeados por esbirros del cacique de San Andrés,
Genovevo Robles; tras organizar una caravana “de la reivindicación
ciudadana” (25 vehículos y más de 100 personas se trasladan a San
Andrés en señal de protesta) son agredidos a balazos por policías
rurales al mando de Genovevo. Héctor Trevizo (hermano de don
Jesús) recibe balazo en una pierna; corría el mes de octubre de 1957.2
Por esas mismas fechas, los panistas iniciaron los contactos con la
Fundación Konrad Adenauer, dirigida por Peter Molt, gracias a los
oficios del mexicano-alemán Enrique Thiessen. En el primer viaje de
estudios a Europa participaron el doctor Octavio Corral, jefe regional
del PAN en Chihuahua y ¿cómo no? el mayor de los hermanos
Trevizo.3
Recobro un escrito que feché de la siguiente manera: “21
de marzo de 2009. Entrevista, con don Jesús Trevizo”; la charla se
realizó en las instalaciones del Comité Directivo Estatal, platica don
Jesús: “‘Los Pioneros’ nace a instancias del Comité Directivo estatal
del PAN, bajo la Presidencia de Javier Corral Jurado en diciembre de
1996. La 1ª reunión fue en las instalaciones del CDE. Que estaba en
las actuales instalaciones del CDM [en la Avenida Ocampo]. Se
reunían en la calle Allende No. 115, colonia Centro. Luego en el
Hotel ‘El Dorado’. […] La costumbre de los desayunos se inició en el restaurante de don Jesús Trevizo, ‘Misioneros’, ubicado en la calle
Misioneros y Av. Pascual Orozco. Luego continuó en el
restaurante ‘Los Cedros’, más tarde en el Nayo’s. Después se
trasladaron a un restaurante ubicado en el Periférico Ortiz Mena y
calle 24ª y por último a ‘Mi Café’, un restaurancito situado en las calles
Victoria 10ª”.
No sé, me imagino que podría seguir así, perdido en mis
apuntes, recordando a don Jesús y cómo, él y sus hermanos, fueron
parte imprescindible, indisoluble, ineludible, inabarcable, del PAN en
estas tierras.
Lo evoco lúcido, infatigable, analizando y discutiendo las noticias
relativas al PAN desde todos los ángulos posibles, sin faltar el ideario
y los principios de doctrina; reuniendo las propuestas y redactando
las plataformas de campaña locales a Gobernador, al Congreso
local, a los ayuntamientos. Lo recuerdo firme en sus convicciones,
incondicional a sus afectos y leal hasta donde era posible con su
jefe en turno, el Presidente del Comité Directivo Estatal. La última
vez que lo vi, así lo hallé, defendiendo por nobleza la triste figura de
Mario Vázquez, su escaso talento, su gruesa ignorancia, su pobre
convicción, su lamentable complicidad con las peores causas del PAN.
De Cruz Pérez y de Carlos Borruel mejor ni hablar;
puntualmente, representan absolutamente todo aquello que, en vida,
don Jesús execró (y lo hizo saber). Es posible que, por estratagema
electoral, por mero oportunismo político, por coyuntura estratégica,
ambos, tengan palabras de duelo en esta hora de luto terrible para
el panismo chihuahuense; harían bien en quedarse callados y en no
mancillar con su discurso espurio, mentiroso, atroz, la memoria de
un mexicano íntegro, de un chihuahuense ejemplar y de un panista a
carta cabal.
Descanse en paz don Jesús Trevizo Gutiérrez pues, como
pocos, hasta su último aliento, vivió su convicción infatigable, dueño
de sí, sabedor de que la suya, más que una vida, es un legado para
los hombres y las mujeres que aman la libertad más que la propia
vida. Que Dios lo guarde.







