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¿ELECCION SIN IZQUIERDA?

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Jaime Garcia ChavezCHIHUAHUA: ¿UNA ELECCIÓN SIN LA IZQUIERDA?/ Opinion.

A la memoria de mi querida compañera Josefina Reyes.

Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ.

Hasta donde se alcanza a ver y no creo que cambien las cosas, la pregunta solo tiene una respuesta: sí, vamos a una elección sin la indispensable presencia y acción de la izquierda. El significado profundo de esta realidad es unívoco: la oligarquía continuará repartiéndose el jugoso pastel sin obstáculos, a placer, pensando que en Chihuahua no hay ni demócratas progresivos, ni partidarios del laicismo, ni cristianos comprometidos, ni libertarios, ni socialistas, ni quién levante la voz con autenticidad y fuerza en contra de los que han hecho de la entidad un botín repartible entre corsarios, con el altísimo costo que esto significa para obreros, campesinos, estudiantes, académicos, mujeres, jóvenes, pequeños y medianos empresarios y todo eso que se ampara bajo un común denominador: pueblo raso.

La derecha de dos caras —priísta y panista— está de plácemes, como estarían los balleneros japoneses si no existiera Green Peace. Sus cuchillos no necesitan ni calentarse, les bastará con la gravedad y el solo peso del acero, para partir la mantequilla con suavidad y eficacia. Ojalá y algún día quienes han destruido a la izquierda tengan la vergüenza de reconocer las calamidades que acarrea la paciente obra de devastación que encierra destruir una obra que ha costado vidas, lágrimas y grandes esfuerzos para dotar a los ciudadanos de un instrumento de lucha encarable a los dueños del poder y la riqueza, hoy concentrados en dos o tres cenáculos que a lo más caben en dos mesas de un exquisito y caro restaurante.

Los del PAN están dispuestos, como nunca, para la oligarquía que desea —justo en el centenario de la Revolución— tener un gobernador en calidad de gerente sexenal. Es la restauración del viejo  terracismo. El PRI, en cambio, involucionó de esquemas de consulta democrática por precarias que sean, a arreglos cupulares que favorecieron a Duarte Jácquez, que tendrá que remar contra el desaliento de no pocos miembros del tricolor que se sienten defraudados, aunque no hagan nada y su desgana se reflejará en las urnas. 

Está clara la lógica del poder priísta: la avalancha para restaurar el autoritarismo crece, se consolida y donde la lógica de la disidencia asoma, se optará por los llamados candidatos de unidad, entendibles en las prácticas de hace cuarenta años y despreciables hoy porque convierten a la militancia de los partidos en simples peones o siervos de los de arriba. Pero ni hablar del asunto conviene: es tal la mansedumbre del rebaño priísta que merecen eso y probablemente más.

La llegada de Duarte Jácquez se podría parodiar con las palabras concluyentes de los cónclaves cardenaliciosos en que se elige no al sucesor de Pedro —porque de esos ya no hay y que lo diga Constancio Miranda Weckman, preocupado por las alcobas, las sábanas y los traseros de los homosexuales y no por los pobres— sino al Papa. Digresión aparte, lo que quiero decir es que con la designación del candidato priísta lo que se nos dice es: ¡habemus restauración! 

Sí,  leyó bien; la restauración del PRI está en marcha y bajo esa divisa se impone al candidato. Me permito otra digresión: seguramente al famoso Teto, para disciplinarlo le enseñaron algún expediente —grueso o delgado, no importa—  que lo llevo a recular y  almacenar en su corazón su anhelo de convertirse en el segundo gobernador de Chihuahua con rasgos similares a los de otro que lleva el nombre de Patricio.

Tengo para mí que ni siquiera lo amenazaron, bastó la lógica mafiosa de un Vito Corleone para hacerlo declinar, porque fuerza sí traía y habrá que ver lo que hace con ella.

Aquí la operación cicatriz es fácil: Duarte Jácquez puede encabezar la  murga y cantarle a los ricos que él —al igual que Teto— canta bien y actúa igual frente al poder del dinero y —of course— Vallina y socios lo entenderán porque tontos no son. O se van al PAN, así de sencillo. 

Pero que la próxima elección se vaya sin tocar baranda con la ausencia de la izquierda es una cosa y otra, muy distinta, es que el PRD se plantee así sea como simple hipótesis la posibilidad de aliarse con el PRI, como lo han insinuado algunos dirigentes de aquel partido.

El PRI, viejo instrumento del poder autoritario, es el adversario natural de toda izquierda democrática y aliarse con él no tan solo es una desmesura, una simple desviación, sino la más clara traición que se pueda hacer a un partido que hoy por hoy, desfigurado y todo, es la más grande opción política con la que ha contado la izquierda democrática en este país.

Hay quienes sostienen que se requeriría una decisión calificada para fraguar esa alianza, en mi calidad de perredista digo que entre más calificada —supongamos casi unánime— será más ignominiosa porque demostraría que la putrefacción no es cosa de pocos, sino de los muchos que sin rumbo y atentos a intereses mezquinos, han envilecido a un partido que surgió con un temple histórico en 1988-89. En otros términos: su crisis es estructural o terminal, por duro que suene.

Está claro: elecciones sin izquierda o elecciones con una izquierda de caricatura legitimando al ogro electoral del autoritarismo. En otras palabras, se quiere convertir al PRD en el nuevo instrumento para el engaño, ante el descrédito del Partido del Trabajo, encargado de esa sucia labor. Qué poco honor proponerse marchar al lado del partido que mató y solo pongo tres o cuatro ejemplos a Jaramillo, a los estudiantes en Tlatelolco, a Diego Lucero y encarceló y torturó a buena parte de la izquierda, por no hablar de los más de quinientos mártires que tiene el PRD y cuyos autores viven plácidamente en la impunidad.

Toda izquierda que se precie de tal, omito el “debiera”, estaría hoy ocupada en cómo generar una gran convergencia social para la ruptura que viene, y que llegará bajo la lógica expuesta por el historiador y también perredista, Víctor Orozco en reciente artículo: para salvar al país como lo hicieron los juaristas en el siglo XIX. Orozco lo dice para este momento: “en el contexto de la crisis generalizada que ahora soportamos, hay que apostarle de nuevo a la organización y puesta en pie de las fuerzas sociales que hicieron posible las victorias de 1861 y 1867”. Ni más ni menos los históricos triunfos que fundaron a la República y al Estado e hicieron de México una nación independiente frente a la codicia de los imperios, los privilegios y los fueros.

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